En un movimiento que sacude los cimientos de la diplomacia tradicional, el presidente Donald Trump ha aprovechado el Foro Económico Mundial de Davos para lanzar oficialmente su Junta de Paz. Lo que inicialmente se proyectó como un comité para supervisar la tregua en Gaza ha mutado en un ambicioso organismo global presidido por el propio Trump, diseñado para intervenir en conflictos internacionales al margen de las estructuras tradicionales.
El mandatario estadounidense no escatimó en dardos hacia la ONU, asegurando que la organización «tiene un potencial tremendo que no utiliza». Trump presumió de su capacidad de negociación directa: «Con las ocho guerras que he terminado, nunca he hablado con Naciones Unidas», afirmó ante una audiencia expectante, subrayando que su Junta es la verdadera vía para un mundo «más rico y seguro».
Un club de aliados y ausencias notables
La puesta en marcha de esta iniciativa ha evidenciado una nueva fractura en la geopolítica mundial. En el escenario de Davos, Trump estuvo respaldado por unos 20 líderes, entre los que destacan figuras con gran sintonía ideológica como Javier Milei (Argentina) y Viktor Orbán (Hungría).
La Casa Blanca asegura que 35 países ya se han sumado formalmente, incluyendo a pesos pesados como Israel (Benjamín Netanyahu) y ocho naciones del mundo islámico, entre ellas Arabia Saudí, Turquía y Egipto. Trump incluso confirmó la presencia de Vladímir Putin, afirmando que el líder ruso aceptó la invitación de inmediato.
El «músculo» ejecutivo de la Junta
Más allá de los jefes de Estado, el verdadero centro de poder del organismo reside en su Comité Ejecutivo, una mezcla de diplomacia de línea dura y alto mundo financiero:
- Marco Rubio: Secretario de Estado de EE.UU.
- Jared Kushner: Yerno del presidente y figura clave en Oriente Medio.
- Marc Rowan: CEO de Apollo Global Management.
- Ajay Banga: Presidente del Banco Mundial.
- Tony Blair: El ex primer ministro británico aportará la experiencia de la vieja guardia europea.
Europa se divide ante el proyecto
No todos han recibido la propuesta con entusiasmo. Países como Francia, Noruega y Suecia han rechazado tajantemente su ingreso, advirtiendo que esta Junta busca socavar el multilateralismo y debilitar el papel de la ONU.
En el caso de España, el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, ha confirmado que el país no se sumará por ahora, buscando coordinar una «postura común» con el resto de socios de la Unión Europea para evitar que la diplomacia internacional se fragmente en bloques irreconciliables. Por su parte, desde Nueva York, António Guterres ha mantenido la distancia, calificando la iniciativa de «amorfa» y limitando su respaldo únicamente a la gestión de la crisis en Gaza.
El «Factor Trump» en la Junta de Paz: Un liderazgo vitalicio y un gabinete de confianza
A medida que se conocen los detalles de la Junta de Paz impulsada por Donald Trump, queda claro que no se trata de una organización diplomática convencional. Según el borrador de su carta fundacional el organismo se define como una «organización internacional» con una ambición total: restaurar la gobernanza y garantizar la estabilidad en regiones bajo amenaza de conflicto.
Sin embargo, es la estructura de poder lo que ha encendido todas las alarmas en las cancillerías internacionales.
Un liderazgo sin fecha de caducidad
En un movimiento sin precedentes, los estatutos permiten que Donald Trump presida la Junta de por vida o hasta que decida renunciar voluntariamente. Esto significa que podrá seguir dirigiendo este organismo global incluso después de abandonar la Casa Blanca.
No obstante, se ha establecido una distinción institucional: una vez que Trump deje de ser presidente de EEUU, el nuevo inquilino de la Casa Blanca tendrá la potestad de nombrar a un representante oficial del país ante la Junta, aunque el liderazgo ejecutivo permanezca en manos del magnate.
El «impuesto» de entrada
La composición de este comité para Gaza no ha estado exenta de polémica. La inclusión de representantes de Catar y Turquía provocó inicialmente el rechazo frontal del Gobierno de Benjamín Netanyahu, que acusó a estos miembros de ser «tolerantes con Hamás». Tras intensas negociaciones, Israel ha aceptado finalmente integrarse en la Junta.
Por otro lado, la Casa Blanca ha tenido que salir al paso de los rumores sobre una supuesta «cuota de entrada» de 1.000 millones de dólares para los países miembros. Aunque diversos medios estadounidenses informaron de esta exigencia, el equipo de Trump ha matizado que cualquier aportación económica será «estrictamente voluntaria«, alejando la imagen de que el organismo funcione mediante un sistema de pago por influencia.















