Uno de los espantajos que viene agitando la Internacional ultra en las últimas décadas es el del ‘Gran reemplazo’, mito según el cual la llegada de inmigrantes desde el Sur global a los países occidentales pondría en peligro su seguridad, su sistema de protección social e incluso su identidad cultural. La estrategia de seguridad nacional de EE.UU. habla de «la negra perspectiva del borrado civilizacional» en Europa debido a las políticas de inmigración, que transforman el continente hasta el punto de que, de seguir así, Europa «será irreconocible en unos 20 años o menos». Una Europa de niggers, chilabas, burkas y minaretes en la que los pobres blancos estarían cerrados en sus casas por miedo a salir a la calle. “No queremos que Europa cambie tantísimo», ha dicho Trump. Quizá quiere que amurallemos las costas y pongamos cerca legiones de policías de gatillo fácil, como viene haciendo él por allí.
Resulta chocante ese enfoque viniendo de un país que es históricamente inconcebible sin la continua llegada de inmigrantes de todos los continentes, cuya convivencia no ha sido incompatible con cierto sentimiento patriótico. Un país que, como señaló el sionista Israel Zangwil era -y sigue siendo- un «puchero revuelto» (melting pot) poblacional. Lo dijo en una comedia de 1908, una época en que entraban en Estados Unidos más de un millón de inmigrantes al año, provenientes de todos los rincones del globo. Entonces la estatua de la libertad ya lucía su antorcha y acogía maternalmente a los que venían, según el poema de Emma Lazarus que luce en su pedestal:
«… dadme a vuestros cansados, a vuestros pobres,
a vuestras masas hacinadas anhelantes de respirar libertad,
enviadme a esos, los sin techo, los sacudidos por las tempestades…»
Pero Estados Unidos es país de grandes contrastes y ya sufría la hidra del racismo y la xenofobia a finales del siglo XIX con fenómenos como el Ku Klux Klan y el antisemitismo. También se hablaba entonces de un posible «reemplazo» de la población blanca anglosajona en los estados del oeste por la llegada masiva de inmigrantes asiáticos, a lo que se llamó el «peligro amarillo». Pronto vinieron las leyes que contingentaban o prohibían la inmigración. Hoy no estamos lejos de las primeras leyes raciales hitlerianas en EE.UU. y la policía de inmigración trumpiana (ICE) ya se comporta como las SS nazis.
Pero mientras el debate inmigratorio polariza y distrae, un reemplazo mucho más real avanza sin apenas resistencia: la sustitución progresiva de trabajadores humanos por sistemas de inteligencia artificial en miles de empresas y centros de trabajo públicos. El Foro de Davos de este año ha abordado este problema que, según la Sra. Georgieva, directora del FMI, será «un tsunami que impactará al mercado laboral». Y son las propias empresas del sector (Microsoft, Anthropic, GoogleDeepMind) las que lo señalaron allí, aunque seguramente no añadieron que son ellas las principales causantes del fenómeno. Según Golden Sachs, a estas alturas ya se habrían eliminado al menos 300 millones de puestos de trabajo en todo el mundo, especialmente en los sectores administrativos. Pero su acción es todo terreno: transporte y logística, análisis de datos, creación de contenido (imágenes, escritos, publicidad), diagnóstico médico, armas autónomas, etc.
En otros momentos históricos los grandes avances tecnológicos destruían puestos de trabajo, pero creaban otros nuevos; no es el caso ahora (o no lo es en la misma medida). Mientras los empresarios del sector (los Zuckerberg, Bezos, Thiel…) acumulan fortunas inconcebibles va creciendo la precariedad y la miseria laboral. (Y no solo en el sector privado: en los cuatro meses que pasó en la Oficina de «Eficiencia laboral» con Trump, Elon Musk suprimió más de 100.000 puestos de trabajo).
Sin duda, la IA aporta grandes ventajas y no sería conveniente ni realista prescindir de ella. (Como tampoco lo sería en el caso de los inmigrantes. No me entretengo en decir por qué: ya lo hacen la CEOE y los demógrafos). Pero habrá que controlar y limitar su aplicación, como ya viene intentando la UE (contra la opinión del gobierno de EE.UU.), pues el problema laboral apuntado no es el único que plantea.
















