Opinión

El día en que el mundo supo hasta dónde pudo llegar el ser humano

Entrada de Auschwitz II (Birkenau). Fotografía. Wikipedia.

En el aniversario de la liberación de Auschwitz, la memoria del
Holocausto no es un ritual del pasado, sino una advertencia
encendida sobre el presente.

Hay fechas que no se recuerdan: se cargan. Pesan. Arden. No se dejan convertir en costumbre.

El 27 de enero es una de ellas. Ese día de 1945, el Ejército Rojo entró en Auschwitz-Birkenau, el mayor complejo de campos de exterminio nazis, y encontró lo que quedaba de una maquinaria de muerte que había funcionado con precisión administrativa: más de 1,1 millones de personas asesinadas allí, la mayoría judías.

Pero Auschwitz no fue el inicio, ni fue el único lugar. Fue la culminación visible de un proyecto de deshumanización que, durante el régimen nazi, condujo al asesinato sistemático de alrededor de seis millones de judíos en Europa. Junto a ellos, también fueron perseguidos y exterminados romaníes, personas con discapacidad, opositores políticos, prisioneros de guerra y personas perseguidas por su orientación sexual o identidad.

Los números son necesarios. Pero nunca suficientes.

Seis millones no es una cifra. Es un silencio extendido por todo un continente. Son ciudades sin voces, mesas sin sillas ocupadas, apellidos que dejaron de pronunciarse. Es la prueba de que la barbarie no necesita caos: puede organizarse con formularios, horarios y sellos oficiales.

El Holocausto no empezó con hornos. Empezó con palabras. Con la repetición de mentiras hasta que parecieron verdad. Con la idea, aceptada poco a poco, de que algunas personas valían menos.

La historia demuestra que el odio raramente entra gritando. Suele entrar vestido de orden, de seguridad, de tradición, de “protección”. Se instala en leyes, en discursos públicos, en chistes repetidos, en miradas que aprenden a no ver.

Hoy, cuando se conmemora a las víctimas, el mundo ya no está lleno de testigos directos: los supervivientes, que aún suman cientos de miles en todo el mundo, son personas mayores cuya memoria es un patrimonio vivo que se apaga con los años. Con cada uno que se va, la responsabilidad colectiva de recordar crece.

Amnistía Internacional recuerda que la memoria del Holocausto no es una ceremonia histórica: es una herramienta de vigilancia moral. Porque los mecanismos que hicieron posible aquel genocidio no han desaparecido. Siguen ahí, latentes, cada vez que:

-Se señala a un grupo como amenaza colectiva.
-Se justifican recortes de derechos en nombre de la seguridad.
-Se permite que el discurso de odio circule como opinión legítima.
-Se trivializa o se niega el pasado.

El Holocausto demuestra que las atrocidades masivas no requieren monstruos excepcionales. Requieren sistemas que funcionen, personas que “solo cumplan órdenes” y sociedades que, cansadas o asustadas, se acostumbren.

Por eso este aniversario no es un acto simbólico. Es una pregunta incómoda lanzada al presente:

¿Reconoceríamos hoy las señales?

¿Sabríamos detener la deshumanización antes de que se convierta en norma?

Recordar a las víctimas es devolverles, aunque sea tarde, aquello que se les quiso arrebatar primero: su humanidad.

Y recordar para qué ocurrió es impedir que el “nunca más” se convierta en una frase decorativa.

La memoria, cuando es honesta, no consuela. Inquieta.

Y esa inquietud es lo único que mantiene despierta a una sociedad.

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