Opinión

No dejemos de jugar

Una mujer haciendo ejercicio en un parque biosaludable.

“No dejamos de jugar porque envejecemos; envejecemos porque dejamos de jugar”
George Bernard Shaw

Existe la creencia de que el deporte es cosa de jóvenes, o que solo quienes lo practicaron desde niños pueden disfrutarlo en la vejez. Nada más lejos de la realidad. La tercera edad no solo permite, sino que necesita el movimiento como una herramienta fundamental para preservar la salud física y mental y la claridad de espíritu.

Empezar a hacer ejercicio después de los 60 o 70 años no es un acto temerario, sino una decisión inteligente. Siempre hay alguna actividad que se adapta a nuestros gustos, preferencias y capacidades. Caminar al compás del propio aliento, dejarse envolver por el agua al nadar, pedalear mientras el paisaje va mudando de estación, estirar el cuerpo en el silencio del yoga, buscar armonía en el tai chi o recuperar ligereza con una gimnasia suave, fortalece huesos y músculos, mejora el equilibrio, reduce el riesgo de caídas y ayuda a mantener a raya enfermedades crónicas como la hipertensión, la diabetes o la artrosis.

Aunque los años marquen su huella indefectiblemente, el cuerpo conserva una sorprendente capacidad de adaptación al movimiento cuando se practica con regularidad. No importa no haber sido deportista antes: el único punto de partida verdadero es el presente y la clave está en la constancia y la adaptación a las propias posibilidades A esta edad el movimiento no busca marcas ni récords, persigue algo mucho más valioso: la calidad de vida, la íntima sensación de estar habitando el propio cuerpo con dignidad y energía.

Los beneficios trascienden de lo físico, el ejercicio actúa también como un poderoso aliado de la salud psíquica: despeja la mente, levanta el ánimo, apacigua la ansiedad, favorece el sueño y mantiene despiertas las funciones cognitivas. Y hay, además, pequeños placeres que se vuelven rituales: regresar a casa tras la actividad y dejar que el agua tibia de la ducha envuelva el cuerpo como un abrazo que trae calma y bienestar.

Y cuando el deporte se comparte, se convierte también en un antídoto contra uno de los grandes enemigos de la vejez: la soledad.  Compartir una caminata o hacer ejercicio en los espacios biosaludables del parque del barrio, con aparatos mayoritariamente diseñados para personas mayores, y de uso gratuito, genera vínculos, rutinas y sentido de pertenencia.

Practicar deporte en la tercera edad es, en definitiva, una manera de decirle al tiempo que seguimos eligiendo vivir con plenitud, autonomía y entusiasmo, porque nunca es tarde para empezar a moverse y siempre es temprano para empezar a cuidarse. Si se quiere, se puede.

Por: Miguel Barrueco Ferrero, médico jubilado y profesor universitario

@BarruecoMiguel

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