Opinión

Romance de las gargantillas de San Blas

Gargantillas de San Blas.

Escuchen, señores míos,
que esto pasó de verdad,
en Salamanca la vieja,
cuando aprieta el mes de San Blas.

Venden cintas de colores,
rojas, verdes, azul mar,
bendecidas en San Juan
contra el mal de la garganta y más.

Te la cuelgas al pescuezo,
con fe, vino o sin piedad,
y te olvidas de la tos
hasta el martes de Carnaval.

Pues vino un pobre madrileño,
más seco que un arenal,
con un euro solitario
y un cajero muy formal
-de esos que no dan ni los buenos días
y te miran por detrás-.

Ni tren, ni vuelta a la Villa y Corte,
ni crédito ni maná,
solo hambre, mala cara
y afonía ante el terminal.

Le dijo San Blas: “Compra una cinta,
que algo te habrá de arreglar;
si no cura la garganta,
te inspirará alguna señal”.

Se la puso… ¡milagro santo!
Volvió la voz al cantar,
y el cajero, que era de metal,
empezó a escupir un dineral,

Salieron euros y más euros
tantos como peces en el mar,
y el hombre, regalado y bendecido,
compró mil cintas y alguna más.

En Madrid las vendió todas
a dos euros, sin pecar,
y los sabios lo llamaron
“innovación empresarial”.

Y así San Blas, entre risas y cintas,
nos volvió a demostrar
que en tiempos de crisis larga
el ingenio es capital.

Y colorín, colorado,
si no lo quieres creer, da igual:
cuélgate tú la gargantilla…
y vuelve a Salamanca para cantar.

Por. José Luis Blanco. -Lo escribió Salamanca y San Blas puso la voz-


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