Ya es un tópico afirmar hoy que nuestro siglo va a ser el de los valores espirituales o no será. Que lo decisivo es crear personas morales, con una adecuada escala de valores humanos y de fundamentos éticos. Y andan en ello educadores, padres, iglesias y asociaciones.
Algo hacemos entre todos para intentar despertar a la verdadera sabiduría. Vamos iluminando nuestras sombras y tratando de llenar nuestras carencias. Algunas señales nos lo confirman: malestar con el rumbo materialista y polarizado, vuelta a la naturaleza respetando el medio ambiente, aprecio hacia el camino interior, la búsqueda de la paz y el silencio interior, la sensibilidad hacia el arte y la belleza, el aumento de las relaciones personales apacibles y fraternales.
En definitiva, estamos descubriendo la dimensión espiritual que tanto nos engrandece, que posibilita el verdadero humanismo por encima de ideologías y falsas moralinas. Tarde o temprano nos damos cuenta de que en la vida las cuestiones espirituales se convierten en las únicas realmente importantes. Y más aún en esta sociedad consumista y egoísta afincada en lo que se puede comprar, gastar y palpar.
Lo espiritual nos envuelve. Decía Teilhard de Chardin que “no somos seres humanos que tienen una experiencia espiritual; somos seres espirituales que tenemos una experiencia humana”. Y es que el mundo trascendente, el misterio profundo de la realidad, lo espiritual nos envuelve pero exige una atención esforzada de nuestra parte para descubrirlo y vivirlo.
Si hoy somos menos felices quizá se debe a que no nos instalamos en todo lo que comporta nuestra inteligencia espiritual. Precisa un esfuerzo amoroso: “Hay que sacudir el fundamento mismo de nuestro ser para descubrir algo de esta dimensión tan diferente y misteriosa…”, (Krishnamurti) Y a la vez purificar esta dimensión tan cargada de nomenclaturas negativas. No debemos por ello confundir espiritualidad con religiosidad o con creencias o legalismos moralistas. Uno puede ser espiritual y bondadoso sin rendirse a ningún dogma o credo sectario o anticuado.
Hoy necesitamos frente a tantas redes sociales y salvadores efímeros de esta dimensión espiritual personal como libertad interior, como encuentro con lo que de universal (Todo-Fondo) hay en el corazón humano. Es allí en el silencio y en la comunión respetuosa y amable desde donde se atisba el misterio de la vida y de la muerte. Y sobre todo el Misterio de lo divino y superior.
La gente se aleja de las iglesias y fundaciones porque no encuentra en ellas la verdadera espiritualidad: esa explicación sobre el sentido de nuestra vida, ese espacio preparatorio y cálido para descubrir y gustar el Misterio. Sobran profesionales del rito y la rutina y faltan más maestros espirituales.
Me invito, pues, a seguir en el camino espiritual, a trabajar y retomar en compañía de todos los seres que buscan lo esencial de la existencia: el mundo interior, “ese mundo invisible que es mil veces más real que este mundo que vemos…”, (Newman).


















