En ese momento se oyó un grito estridente en medio de la multitud humana:
– ¡¿Puedo hablar?!, ¡¿Puedo hablar?! ¡Yo sé bien lo que dijo ese intelectual farsante el 12 de octubre!
Quien así osaba romper la serenidad celeste era un tipo de uniforme, esperpéntico, tuerto y manco. Ante el revuelo general, le ordenó callar un hombre bajito con bigotillo que tenía al lado:
– ¡Cállate, Millán! No lo pongas peor. Mira que nos van a condenar por los rojos y los moros que matamos…
– ¡Pero cómo, Paco!, ¿condenarnos?, ¿no fuimos nosotros los que salvamos la civilización cristiana de los ateos marxistas?, ¡si nos bendijeron los obispos y nos avaló la Universidad de Salamanca!
– Así es. Es el colmo. No sé si podremos arrepentirnos ahora, alegar que hemos ido a muchas misas y procesiones… Y algunos también querían emplumarnos hasta la muerte de Unamuno…
– ¡Inaudito! ?dice Millán, su único ojo a punto de salir de su órbita?. ¿A qué fin?, ¿no mandamos a los chicos de falange que le hicieran un funeral de estado?, ¿y no le hizo Ernesto Giménez una buena necrológica?… Al fin y al cabo, él también estaba por la defensa de la religión…
De nuevo se ordena silencio. La vista sigue.
Unamuno reanuda su discurso, respondiendo a otras cuestiones. Pero cuando lleve hablando un buen rato de nuevo clamará Yavéh:
– Alto ahí, Miguel, ni yo mismo puedo soportar tu perorata. Bien sabes que lo que dices ahora no se corresponde con lo que dijiste entonces. No te vayas por las ramas y acaba ya. Queda mucha gente por enjuiciar. Si todos hablaran tanto como tú, no bastaría ni toda la eternidad.
– Oh, Señor, ?replica Unamuno?, si no fuera porque eres Dios y todo lo sabes y a todos escrutas hasta lo más hondo de su ser y de su espíritu, diría que no me conoces. (Pausa. Se mesa la barba y muestra perplejidad). Yo sé bien lo que dije ese día… pero este es el momento en que he cambiado de opinión. (Pausa). Y ello es que en lo más íntimo de mi corazón anida la contradicción, la guerra civil espiritual y, como dejé escrito, soy uno que dice una cosa con el corazón y la contraria con la cabeza, y …
– Todos los humanos se contradicen y se equivocan ?le interrumpe Yavéh?, incluso yo, que alguna vez me he arrepentido de la creación. Con lo tranquilo que estaba yo solo. ¿Pues no quise exterminar a Gaza y luego rectifiqué, aunque luego lo hicieron los sionistas genocidas? Todos mienten y se contradicen alguna vez, pero al final lo reconocen y se arrepienten. Pero tú haces gala permanente de tus paradojas y cambios de opinión, incluso ante este Tribunal Supremo, y eso es frivolidad y es soberbia, Miguel. Como catedrático de clásicas deberías conocer el tertium non datur aristotélico: una cosa es verdad o no lo es y no hay más que decir.
Yavéh dio por terminada la audiencia del caso, pegó un mazazo que retumbó hasta el Olimpo y sentenció: Miguel de Unamuno y Jugo, natural de Bilbao y vecino de Salamanca, polígrafo y profesor, etc., por soberbia y heterodoxia iría un tiempo al Purgatorio, donde, como penitencia, tendría que escuchar en silencio a otros y la lectura de sus infinitos hermeneutas y propaladores literarios.
Pero, ay, el caso es que, mientras llega ese día ?que aquí hemos visto por iluminación profética? en este mundo nos quedamos sin saber qué dijo realmente Unamuno ante Dios Padre. Nos consuela pensar que pronto tendremos nuevas publicaciones de los Sres. Rabaté y otros ilustres unamunólogos, que pondrán la lámpara de la verdad sobre el celemín de la ignorancia. (A no ser que antes se aparezca de nuevo el propio Unamuno en forma de avatar virtual en su casa museo).
(Este estrambótico relato da fin a una serie de cuatro artículos publicados con el título de «Unamuno: muerte y resurrección», con dos partes, y «Unamuno ante el Día del Juicio», con otras dos. Finis coronat opus. L. D. V. M.)




















