Ha sido un pequeño libro, apenas del tamaño de la palma de mi mano -y que, durante más de dos meses, soportó el frío y la humedad en el buzón de un vecino- el que ha despertado las reflexiones que aquí comparto. Su título es Flor de calabaza y su autora, la poeta jerezana Julia Bellido, lo dedica a dos personas, escribiendo: “Sin ellos, esto no hubiera ocurrido”. Qué hermoso endecasílabo, cargado de amor y gratitud, para presentar -no sin cierta paradoja- un libro hilado en la brevedad del haiku.
Porque Flor de calabaza es, ante todo, una colección de vivencias que se desarrollan al margen de la presencia humana. Fiel al espíritu del haiku, sus poemas -de tres o cinco versos- invitan a recorrer el territorio donde las estaciones se suceden y los fenómenos meteorológicos (nieve, escarcha, neblina, granizo, lluvia, etc.) marcan el pulso de la naturaleza. En dicho espacio vital, multitud de animales -especialmente aves, una docena de ellas, auténticos apóstoles del viento- surcan las páginas de Flor de calabaza, abriendo una ventana singular a la contemplación y al recogimiento interior.
Lo que atañe a la Naturaleza -al menos, en su concepción clásica- acontece por vías ajenas a la voluntad humana, desarrollándose en un orden que nos trasciende y nos recuerda lo insignificantes que somos ante el paso de las estaciones y el devenir de los elementos. La lluvia, el viento, la neblina, la escarcha, todos estos fenómenos se manifiestan sin que medie la intervención del hombre, obedeciendo a un ritmo propio, misterioso y ancestral. Por el contrario, aquello que concierne a nuestra existencia, lo que nos afecta íntimamente, está regido por leyes humanas y, en muchas ocasiones, por decisiones que tomamos sin apenas darnos cuenta, arrastrados por impulsos, rutinas y emociones que nos son propias.
Así, gran parte de lo que sucede en nuestra vida es resultado de elecciones conscientes o inconscientes, y esta dualidad -entre lo exterior y lo interior- se respeta y se manifiesta en la mayoría de los poemas que conforman este libro, donde la contemplación de la naturaleza y la introspección personal se entrelazan en una danza silenciosa. La autora logra así un delicado equilibrio, en el que lo natural y lo humano conviven, cada uno con sus propias leyes y misterios, invitando al lector a reflexionar sobre su papel en el mundo y la forma en que sus actos contribuyen, minuto a minuto, a que suceda lo que ocurre a su alrededor.
Si cabe alguna duda sobre todo lo anterior, es precisamente en aquellos poemas donde se vislumbra, con especial claridad, la profunda fusión entre la poeta y el mundo que la rodea. En escenas como la que nos regala: “Luz apretada / de la tarde de abril; / me miro adentro. / Más rotunda de golpe / me parece la vida”, se manifiesta una comunión casi mística, una suerte de simbiosis en la que la percepción de la naturaleza y la introspección personal se entrelazan hasta el punto de no poder distinguirse el límite entre ambas.
Ahí reside la belleza sutil y poderosa de este género poético japonés, el haiku, que propicia la imbricación -término que remite a esa manera de estar juntos por superposición, como lo hacen las tejas de un tejado o las escamas en la piel del pez-, permitiendo así a la poeta ser otra sin dejar de ser ella misma, abrazando lo exterior sin perder su individualidad. De este modo, el lector es invitado a experimentar esa misma sensación de unidad: a contemplar, desde su propio ser, la vida que se despliega fuera y dentro, y a descubrir que, en esa mirada hacia adentro, la existencia se muestra de pronto más rotunda, más intensa, más plena.
Algunas de esas experiencias poéticas que Julia Bellido recoge en Flor de calabaza pueden ser compartidas con facilidad por cualquier lector atento a las pequeñas revelaciones del mundo natural. Así, resulta sencillo reconocerse en la estampa cotidiana y a la vez asombrosa de esa tarde en la que “Doloroso el granizo / aporrea el cristal; se enrosca el gato”, pues ¿quién no ha sentido alguna vez el estrépito repentino de la tormenta mientras busca la calidez en la compañía de un animal doméstico, testigo silente de los embates del tiempo?
Del mismo modo, la llegada temprana de la primavera se materializa ante nuestros ojos a través de la imagen vibrante y luminosa del limonero: “Primavera temprana. / Flores del limonero / nievan la calle”. La poeta logra, con apenas unos versos, evocar ese instante en que el blanco de los pétalos se confunde con la nieve, apagando por un momento el bullicio del mundo y sumiéndonos en un estado de contemplación serena.
Es también posible detenerse en la quietud inalterable de la naturaleza, tan plena de vida aun en el reposo: “En la sabina / quieta en su sombra / una abubilla duerme”. La escena, cargada de una paz inalterable, refleja esa fusión entre el ser y el entorno, donde incluso el pájaro, entregado al sueño, nos invita a suspender nuestro propio devenir y a encontrar refugio bajo el cobijo de las ramas.
No obstante, no todas las imágenes que pueblan este poemario emergen de la simple contemplación del entorno ni brotan únicamente de lo que la naturaleza ofrece a primera vista; existen versos que tienen su origen en una raíz profunda, íntima y singular, donde la autora se deja atravesar por las emociones y experiencias que habitan su propio interior. Así sucede en el poema: “El sol en la arboleda / y el rumor de tus pasos: / todo sucede”, donde la presencia del otro transforma el paisaje y lo impregna de un sentido único y revelador. El susurro de unos pasos y el fulgor del sol filtrándose entre las ramas se entrelazan para conformar un instante irrepetible, en el que todo parece cobrar significado y la vida se muestra con una intensidad renovada y vibrante.
De igual modo, la resiliencia y la esperanza surgen en la contemplación de la naturaleza y el sufrimiento: “Bajo el dolor / algo quiere vivir. / En la gravilla / la grama va pujando / esbelta hacia la luz”. Aquí, la poeta nos recuerda que incluso en los momentos más oscuros y difíciles, la vida persiste y se abre paso, aferrándose a la luz con una fuerza silenciosa y obstinada. La imagen de la grama que brota entre la gravilla es metáfora de la propia existencia: delicada pero tenaz, capaz de encontrar, en medio de la adversidad, el impulso necesario para crecer y prosperar.
Así, a través de estos haikus y tankas, Bellido nos invita no solo a observar la naturaleza y sus ciclos, sino también a reconocernos en ella, a percibir nuestros propios procesos internos reflejados en el mundo exterior y a comprender que, en la aparente sencillez de sus versos, late una profunda sabiduría sobre la vida, el dolor y la capacidad de renacer.
Gran parte de lo que acontece en nuestras vidas -ya sea la gestación de un libro, el peso de un dolor o la plenitud de un gran amor- ocurre porque, de algún modo, damos permiso para que suceda; es decir, al final, somos nosotros quienes propiciamos esos instantes. Esta certeza atraviesa la poesía de Julia Bellido y, más allá del formato o la extensión de sus versos, siempre percibo en su obra una mirada luminosa, colmada de esperanza y una fe inquebrantable en la capacidad transformadora del ser humano.
Decía más arriba que Flor de calabaza captura instantes que transcurren al margen de la presencia humana. Sin embargo, el hecho de convertirlos en libro, de permitir que estos poemas lleguen hasta el lector y sean acogidos por su mirada, es consecuencia de los afectos que iluminan la existencia de la autora y de quienes se acercan a su obra. Así, somos, en cierto modo, cómplices y artífices de todo cuanto acontece; en nuestras manos recae la profunda responsabilidad de cada uno de nuestros actos. Con ellos, sembramos a nuestro alrededor el germen del paraíso o del infierno. Julia Bellido lo expresa sin titubeos y tiene clara su elección: “Requiebra el viento. / Al doblar esta esquina / me espera el sol”.




















