El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer.
Y en ese claroscuro surgen los monstruos.
Antonio Gramsci
La democracia suele definirse como el Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. La frase ha sido repetida tantas veces que parece inamovible, casi sagrada. Sin embargo, en muchas sociedades democráticas contemporáneas surge una inquietud creciente: aunque las estructuras democráticas formales se mantienen -elecciones periódicas, parlamentos, partidos políticos y constituciones-, su contenido real se ha debilitado. La arquitectura permanece; la sustancia se disuelve. Este ‘vaciamiento’ no responde a una sola causa, sino a la confluencia de fuerzas que, lenta pero persistentemente, transforman la participación ciudadana en un gesto cada vez más simbólico y menos decisivo para la defensa de sus intereses.
Uno de los elementos más señalados es la influencia de los grandes poderes económicos sobre la política institucional. Las campañas electorales requieren recursos considerables, y quienes las financian adquieren, de manera directa o indirecta, capacidad de influencia -quien paga, manda-. Esto no siempre se manifiesta como una forma de corrupción explícita, con frecuencia adopta formas más sutiles y no menos eficaces: acceso privilegiado a los representantes, capacidad de presión mediante lobbies que condicionan las agendas legislativas. El resultado es la percepción social de que los intereses económicos organizados tienen más peso que el voto popular, lo que erosiona la confianza en las instituciones y alimenta el descrédito político.
A este fenómeno se suma la transformación del ecosistema informativo. La prensa libre, antaño considerada como ‘el cuarto poder’, ha visto cuestionada su independencia en un contexto de concentración empresarial y dependencia financiera. La información es el oxígeno de la democracia: sin ciudadanos informados no puede haber decisiones libres. Pero cuando los medios sirven a los intereses de los grupos económicos que los sostienen, por encima del interés público, el debate se empobrece y la pluralidad se estrecha. No se trata tanto de una censura abierta como de una selección interesada, una poda silenciosa de voces y enfoques que termina empujando al lector hacia una visión parcial del mundo. La concentración de la propiedad mediática, y ciertas prácticas de control editorial, entre las que se incluye la precarización laboral de los propios periodistas, han contribuido, en muchos casos, a un progresivo deterioro de la libertad de prensa.
Al crecimiento de la desinformación ciudadana contribuyen también, de forma notable, algunas tertulias radiofónicas y televisivas, donde ciertos tertulianos, fieles a ‘la voz de su amo’, se presentan como expertos y vierten opiniones interesadas como si se tratara de información objetiva. Al mismo tiempo, en las redes sociales, amparados en el anonimato, se difunden y magnifican bulos, infundios y ataques personales, abriendo otro frente de desinformación que, en numerosas ocasiones, alimenta y retroalimenta tanto a los medios de comunicación convencionales como a las propias redes.
El uso deliberado de la mentira y de los bulos constituye otro factor de debilitamiento democrático. En este terreno fértil prospera la desinformación. La mentira política no es nueva, pero la velocidad y el alcance de la tecnología digital han multiplicado su potencia. Noticias falsas, titulares diseñados para indignar y relatos simplificados hasta la caricatura circulan con una rapidez difícil de contrarrestar con matices o verificaciones. Cuando el votante no logra distinguir con claridad entre información y propaganda, entre dato y opinión disfrazada de certeza, su libertad de elección se ve comprometida. La democracia, que debería asentarse en la deliberación racional, se desliza entonces hacia un territorio dominado por emociones intensas, temores y reacciones inmediatas.
Por. Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado
Los #recortes https://t.co/q8nerdGVbt
— Miguel Barrueco Ferrero (@BarruecoMiguel) February 7, 2026




















1 comentario en «La democracia vaciada: Democracia S.A. (parte I)»
En este tema me siento tan engañado por unos y por otros tan enormemente engañado que prefiero no dar ninguna opinión de unos ni de otros