El pasado 27 de enero, el Reloj del Apocalipsis (Doomsday Clock) quedó a 85 segundos de la medianoche, lo más cerca que ha estado de ella en toda su historia. Desde 1947, cuando le dieron cuerda por primera vez Einstein y Oppenheimer, hasta 2019 el reloj siempre había estado a dos minutos o más, pero desde ese año la cuenta atrás avanza inquietante: 100″, 90″, 89″, 85″… La prensa ha puesto el grito en el cielo: «la humanidad está más cerca que nunca de autodestruirse», dice The Independent; «Cada segundo cuenta. El reloj del Apocalipsis se acerca a la medianoche», (BBC); «El fin del mundo, más cerca que nunca», El País. Y así… Pero es como en la fábula de «que viene el lobo»: casi nadie hace caso.
Antes de que aparecieran las amenazas globales de matriz humana el planeta ya estaba sujeto, y sigue estando, a posibles grandes catástrofes naturales, como impactos de asteroides, erupción simultánea de volcanes o alteraciones de la radiación solar. Son fenómenos que ya han ocurrido en el pasado y que en varias ocasiones provocaron extinciones masivas de seres vivos. A ellos se suman los peligros que la especie humana ha creado contra sí misma en las últimas décadas.
El Reloj empezó acusando los arsenales nucleares, que por primera vez en la historia hacían factible el fin del mundo (no en balde lo puso en marcha la Asociación de científicos Atómicos de EE.UU., muchos de los cuales habían participado en el Proyecto Manhattan). La amenaza sigue ahí y por eso Pedro Sánchez ha pedido a las potencias durante la reciente conferencia de seguridad de Múnich que, «por favor, pongan freno al rearme nuclear, siéntense a negociar y firmen un nuevo acuerdo START” (un tratado que limitaba las bombas estratégicas y que acaba de expirar).
Más adelante el Reloj añadió los riesgos derivados de la devastación del medio ambiente y del cambio climático, que, según diversos paneles científicos, nos han llevado ya a una situación de «emergencia». Y en los últimos años al tenebroso catálogo de desastres se han añadido las amenazas biológicas, como virus epidémicos mutantes o bacterias espejo, sintetizadas en laboratorios, que podrían evadir los controles de crecimiento, propagarse por todos los ecosistemas y causar la desaparición de la vida en la Tierra.
Item más: la Inteligencia Artificial pude acelerar el caos en el ecosistema de información mundial, «potenciando ?dice el BOAS, boletín de la citada asociación?, las campañas de desinformación y socavando los debates públicos (…) para abordar amenazas urgentes como la guerra nuclear, las pandemias y el cambio climático». Es decir: la IA agrava los demás riesgos existenciales al propiciar conductas irracionales o escapistas de los individuos y las sociedades. En este sentido, no es el menor de los problemas que las instituciones y normativas internacionales tengan cada vez menos crédito y fuerza para afrontar este panorama global. El multilateralismo y la solución negociada de los conflictos van en retirada en un mucho cada vez más polarizado y agresivo.
Así que «esto está mu mal, mu mal», como diría Chiquito de la Calzada. Si somos creyentes, no podemos descartar que Yavéh, un dios muy iracundo cuando se cabrea, envíe otro diluvio universal o catástrofe semejante, como hizo en aquel tiempo en que » vio que la tierra estaba corrompida y llena de violencia». (La sucesión de borrascas que venimos padeciendo, ¿no será un ensayo del diluvio?). Las Escrituras nos dicen que el fin del mundo vendrá precedido del Anticristo, alguien que, según el profeta Daniel, «… hará todo lo que se le antoje. Será tal su orgullo que se creerá superior a todos los dioses, y dirá terribles ofensas…». No sé por qué, al leer esto, me ha venido a la mente la imagen de Donald Trump.
Así pues, movilicémonos y hagamos penitencia si queremos llegar a la siguiente declaración del Doomsday Clock.




















