Velos, velas, mantillas, sombreros de copa, casco de espejos, lágrimas, lamentos, corona… todo era poco para despedir a la sardina. La raspa de la sardina decía que había muerto, pero sus ojos estaban tan vivos que los vecinos del Oeste no podían creerse que estaban en el entierro.
Cientos de personas de todas las edades acudieron a la plaza del Oeste a rendirle el último adiós. Después, con música de charanga, se le hizo el último homenaje sardineta y el definitivo paseo por las calles de su adorado barrio.
La sardina tuvo la despedida que se merecía. Un velatorio de cuerpo presente en la plaza del Oeste, un desfile hasta la calle Gutenberg y un rito de despedida de lo más sabroso.
Para ver la galería de imágenes, sigue la flecha.















