En época de disputas y confrontación la tregua es una bendición: un tiempo nuevo en el que reposar y buscar soluciones, despeje la niebla y recoger lo sembrado. Gran alivio es que comiencen a verse más luces que sombras, aclare el horizonte, haya respeto y se reconozcan los méritos. Oportunidad, para tenderse la mano y corregir errores.
Algunos a la tregua la llaman cesión y otros, claudicación, son gente intransigente y exaltada, implacables con el adversario e irresponsables con las consecuencias. Incapaces de admitir que la suspensión de hostilidades y el cese de broncas es el sentir mayoritario, provechoso y asentamiento para la normalidad. Se trata de que unos y otros hagan un alto en sus discordias, tengan en cuenta a la ciudadanía y se sienten a dialogar.
Con tanto que acordar y resolver, extraña ver y oír a nuestros representantes políticos, sea en la tribuna o en la galería, tratarse con recíproca antipatía y menosprecio. Deplorable ha sido que los desgraciados sucesos por la Dana y el descarrilamiento en Adamuz no hicieran posible que se interrumpieran las rencillas personales y depusiesen los intereses de partido, para dar preferencia a la coordinación institucional y remedios conjuntos. ¡Que para hacer frente a las consecuencias de las borrascas en Andalucía esté habiendo tregua entre administraciones es de agradecer y norma a seguir!
Licenciado en Geografía e Historia, exfuncionario de Correos y escritor
Aliseda, una puta coja (2018)
Lluvia de cenizas (2021)
Puesto a recobrar el aliento (2023)
Sombras en el jardín (2024)



















