Al concluir febrero surgen las primerizas flores que nos anunciarán la incipiente primavera. Superadas las lluvias y los fríos de las últimas semanas nos llega un nuevo tiempo: nos lo revela los narcisos, esas florecillas amarillas o blancas que brotan por todos los parterres y callados jardines.
Los narcisos simbolizan un renacimiento, nuevos comienzos, se asocian con la belleza interna y la virtud de la esperanza; evocan la llegada de una nueva estación, son el detalle perfecto para celebrar nuevas etapas, para cerrar ciclos con amor, para florecer de nuevo en nuestras rutinarias vidas.
Aunque a veces asociamos esta flor con la vanidad y el egocentrismo por lo que cuenta de ella la leyenda griega… (Narciso se enamoró de sí mismo al verse reflejado en la orilla del lago…) regalar narcisos puede expresar la valoración de la belleza interna y la posibilidad de un nuevo rumbo. La vida no termina, aunque nos hayan abandonado personas queridas tenemos una fuerza interior que nos impulsa a seguir confiando en nuestro futuro, a impregnar de espera y esperanza todo nuestro mundo.
Si te sientas cerca de ellos o los miras al pasar se muestran erguidos, orgullosos, conocedores de que son los primeros colores que presienten la cercana primavera. Descubrir los primeros narcisos del nuevo año trae buena suerte, como si el campo anunciara que el tiempo por venir será positivo y fértil, lleno de luz, de nuevos frutos y nuevas sensaciones.
Estas sencillas flores nos recuerdan que cada año nos brinda la oportunidad de crecer, de gustar nuestra existencia, de renovarnos y aceptar los cambios y las dificultades cotidianas. El amarillo simboliza la felicidad y la camaradería. El blanco la honradez y la pureza de los nuevos nacimientos… Renacimiento y renovación de estas primeras flores que nacen tras los fríos del invierno como una llamada a trabajar por el triunfo de la vida y de la naturaleza.
Con su esbeltez nos contagian la constancia, el logro de nuestros proyectos y objetivos, la seguridad de que el tiempo del amor tiene sentido y nos recuerdan con su corta duración lo efímero de nuestros ‘aquís y ahoras’, el regalo de cada amanecer que se nos brinda y que estamos llamados a saborear agradecidos.
Os invito a contemplarlos admirando en su finura cómo se balancean al viento, seguros de sí mismos no les importa las circunstancias que los envuelven, se limitan a existir inundando de color tan solo una vez al año los espacios donde fueron sembrados.
Desaparecerán luego bajo la tierra como quitándose importancia, con la conciencia clara de haber cumplido su misión y sin pretender restar importancia a las siguientes plantas que vendrán después.
Bienvenidos seáis queridos narcisos. Sed felices enseñándonos algo esencial en la vida: la belleza, la alegría y el color.



















