“Los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto; los treinta siguientes, el comentario” (Aforismos sobre la sabiduría de la vida).
Arthur Schopenhauer
La esperanza de vida no deja de crecer, pero la pregunta ya no es cuántos años vivimos, sino qué hacemos con ellos. A medida que envejecemos nuestra percepción del tiempo cambia. Aquellas estaciones que en la infancia se sentían como interminables, se vuelven fugaces al alcanzar la madurez. No es que el reloj avance más rápido; es nuestra forma de habitar el mundo la que cambia de velocidad. El calendario deja de ser una promesa lejana por rellenar y empieza a sentirse como un recurso concreto y limitado.
Durante la juventud el mundo se estrena a cada paso y la novedad ensancha los días: el primer pupitre, el primer trabajo, el pulso del primer amor o el peso de la primera derrota. Con los años, sin embargo, las experiencias se repiten, las rutinas se asientan y la memoria deja de registrar hitos con nitidez. Es entonces cuando el tiempo, visto por el retrovisor, parece contraerse: como si la vida hubiera corrido más deprisa de lo que realmente tardamos en habitarla.
Es aquí donde la sentencia de Schopenhauer cobra su verdadero peso. Si los primeros cuarenta años nos entregan el texto bruto de la acción, los treinta siguientes son el espacio para el comentario: el momento en el que el revés del bordado revela su trama. Mientras la juventud se afana en llenar el lienzo de colores -a menudo erráticos y urgentes-, la madurez permite dar un paso atrás para estudiar la técnica, entender las sombras y dar sentido a los vacíos. El “comentario” no es un apéndice de la vida, sino su culminación intelectual; el instante en que el cuadro, por fin, se deja leer.
Sin embargo, ese ejercicio de lectura se ve interrumpido por la velocidad de los cambios sociales; la tecnología, el lenguaje y las normas culturales se transforman a un ritmo que apenas deja espacio para la asimilación. Adaptarse deja de ser un esfuerzo puntual para convertirse en una exigencia continua; ese movimiento genera una fatiga silenciosa, un vértigo que no siempre se verbaliza. Es como intentar leer un libro cuyas páginas pasan cada vez más deprisa.
Este vértigo no es solo tecnológico, sino profundamente cultural. Las normas sociales, la comunicación y hasta la manera de entender la familia o la identidad se transforman con una rapidez que no siempre permite la asimilación. Para quien ha construido su vida sobre ciertos pilares, verlos desplazarse puede generar una sensación de inestabilidad, como si el suelo se moviera bajo sus pies. No es resistencia al cambio por capricho, sino una reacción humana ante la pérdida de referencias conocidas. En esa sacudida, aparece la sombra del edadismo: en una cultura que glorifica la inmediatez, envejecer se siente como volverse invisible, invalidando el criterio de quien es etiquetado despectivamente como “boomer” solo por haber tenido el atrevimiento de haber leído ya el texto e interpretado el cuadro que tiene ante sí.
A todo ello se suma la conciencia de finitud. Con los años, el horizonte deja de ser infinito. Los días caen, uno tras otro, como las hojas en otoño y el final ya no se percibe tan lejano. El problema no es la edad, sino la fricción entre memoria, novedad y límite cuando el mundo corre más deprisa que nuestra capacidad de integrar lo nuevo.
La respuesta no está en frenar el progreso -algo, por otra parte, imposible-, sino en preguntarnos para quién y a qué ritmo queremos avanzar. Escuchar a quienes sienten el vértigo del cambio no es nostalgia: es una forma de medir la salud de una sociedad que confunde la velocidad con la dirección que lleva. Porque el tiempo no se acelera realmente, lo que se acelera es nuestra vida dentro de él. Y quizá la verdadera sabiduría consista en aprender, a cualquier edad, a no correr tanto como para dejar de entender el mundo que estamos construyendo.
Saramago escribió que «la vejez empieza cuando el recuerdo es más fuerte que la esperanza». Quizá nuestro reto hoy sea demostrar que esa frontera no es un destino inevitable, sino una invitación a habitar la longevidad con una certeza: el álbum aún no está completo. Que la experiencia no sea un eco del ayer, sino una voz presente que obligue al mundo a detenerse y escuchar.
Porque habitar el tiempo ganado a la biología no es redactar un epílogo, sino abrir un capítulo vital. No somos un libro terminado; somos la mano que, frente al vértigo de las hojas que caen, se aferra con fuerza a la pluma para seguir escribiendo o al pincel para seguir pintando.
Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado
Reflexiones personales sobre la degradación democrática (segunda parte). https://t.co/fipDmASnb3
— Miguel Barrueco Ferrero (@BarruecoMiguel) February 23, 2026





















