Cuando la Plaza era paseo y la Rúa un barrizal

Vecinos del centro de Salamanca recuerdan cómo han cambiado las calles, los comercios y la vida social en los últimos 30 años

Hubo un tiempo en el que el centro de Salamanca no era un escaparate perfectamente iluminado ni un espacio diseñado casi milimétricamente para el visitante. Era, sobre todo, un lugar de vida cotidiana. Las calles no estaban completamente asfaltadas, el tráfico formaba parte del paisaje urbano y el sonido de los motores se mezclaba con el de las conversaciones a pie de acera. El centro no era todavía un gran espacio peatonal; era un barrio más, con vecinos, rutinas y una identidad propia que se construía día a día.

Quienes lo vivieron hace 20 o 40 años recuerdan un trazado urbano más funcional que estético. Había coches donde hoy pasean turistas. Las zonas que ahora se recorren sin prisas, entre terrazas y músicos callejeros, eran entonces vías abiertas al tráfico. La transformación urbanística ha sido una de las más visibles: la peatonalización progresiva ha cambiado no solo la fisonomía del centro, sino también su manera de ser habitado. Caminar hoy por la Rúa, por Toro o por las calles que desembocan en la Plaza Mayor es una experiencia distinta a la del del siglo XX.

«Yo llegué aquí en el año 70 y cuando era estudiante la Rúa era un barrizal hasta pasaba el autobús, la recuperación que se ha hecho de la zona de la catedral hacia atrás es maravillosa como el Huerto de Calisto y Melibea o la Cas Lis» explica Emilio de Miguel, vecino de la zona. Mamen, que llegó a la ciudad también como estudiante y regresó como trabajadora, recuerda también esa mezcla de autos y peatones por las calles más céntricas. «Nos sorprendió mucho cuando dijeron que iban a peatonalizar el centro, no lo veíamos, nos parecía extraño pero ahora es mucho mejor así» explica. Bienvenido, vecino de la zona centro, recalcaba con gracia que la Plaza «lleva mil años igual» pero la tierra que estaba a sus pies ahora es asfalto.

Pero el cambio más profundo quizá no esté en el pavimento, sino en los escaparates. Durante décadas, el centro fue un entramado de pequeños comercios familiares que daban personalidad a cada tramo. Ultramarinos, ferreterías, zapaterías, mercerías, tiendas de tejidos o de electrodomésticos componían un mapa económico de proximidad.

Los dueños vivían muchas veces en los pisos superiores y conocían a sus clientes por su nombre. La compra no era solo una transacción: era una conversación, una relación que se sostenía en el tiempo. «Yo recuerdo pasear por la calle Toro y pararte en la tienda de un conocido, entrabas, comprabas algo y además charlabas un rato, y si te encontrabas con otro vecino estabas media hora hablando» explicaba Mamen.

Con el paso de los años, ese tejido comercial ha ido transformándose. Muchas de aquellas tiendas cerraron, algunas por jubilación sin relevo generacional, otras por la presión de alquileres más altos o por la competencia de grandes superficies y franquicias. En su lugar han proliferado locales de hostelería, tiendas orientadas al turismo y cadenas reconocibles en cualquier ciudad. El centro ha ido cambiando su público objetivo y, con ello, su ritmo. Donde antes se hacía la compra semanal, hoy se consume ocio. «Antes había dos o tres bares de copas, ahora toda la zona de Gran Vía es un núcleo de ambiente por la noche», explicaba Bienvenido

En este proceso, la Plaza Mayor sigue siendo el epicentro simbólico y social. Construida en el siglo XVIII, ha sido desde entonces el gran salón urbano de Salamanca, escenario de celebraciones, encuentros y paseos. Durante buena parte del siglo XX, la plaza era el punto de reunión por excelencia. Las familias acudían los domingos, los jóvenes daban vueltas en un ritual casi coreografiado y existían códigos sociales que hoy parecen lejanos. Mamen recuerda cómo hombres y mujeres caminaban en grupos separados, en un paseo circular que formaba parte de la vida social de la ciudad. «La Plaza siempre ha sido el corazón de Salamanca, por eso se hacen aquí todas las celebraciones y cosas que se hacen, a toda la gente de cualquier barrio le interesa venir al centro», recalcaba Emilio de Miguel.

La Plaza no solo era un lugar para estar, sino para ser visto. Las miradas, los saludos y los encuentros construían una escena colectiva repetida generación tras generación. Con el tiempo, esa función no ha desaparecido, pero sí ha cambiado de forma. Hoy conviven turistas con cámaras, estudiantes internacionales y salmantinos que siguen utilizando el espacio como punto de referencia. La diferencia es que el paisaje visual está ahora marcado por la presencia masiva de terrazas. «Hay zonas como la plaza del Poeta Iglesias donde casi no se puede circular debido al gran número de terrazas», comentaba Emilio de Miguel, que a su vez pedía «un poco de prudencia» para equilibrar el beneficio hostelero con la accesibilidad de las zonas.

Las mesas y sillas de los establecimientos hosteleros ocupan una parte importante del espacio, especialmente en los meses de buen tiempo. Para algunos, son símbolo de dinamismo económico y de una ciudad viva. Para otros, representan una privatización progresiva del espacio común. El debate no es nuevo, pero se ha intensificado en los últimos años, a medida que la hostelería ha ganado peso en el centro histórico.

En uno de los laterales de la plaza permanece el Café Novelty, abierto desde 1905 y considerado el más antiguo de la ciudad. Su continuidad funciona casi como un puente entre épocas. Allí se han celebrado tertulias literarias, encuentros políticos y conversaciones anónimas que forman parte de la memoria colectiva. Es uno de los pocos espacios que permite imaginar cómo era la vida en el centro hace un siglo, cuando el ritmo era más pausado y el tiempo parecía discurrir de otra manera. «Novelty siempre ha sido una referencia para todos los salmantinos y se ha mantenido, pero recuerdo mucha gente especialmente del mundo de la ganadería que se juntaba en el Plus Ultra o en los bajos del Gran Hotel», recordaba Emilio de Miguel, aunque para él su bar predilecto es Las Caballerizas. «Sigo mandando allí a todos los que puedo y siempre salen encantados», reconocía con una sonrisa.

Más allá de la actividad económica y del uso del espacio público, muchos vecinos coinciden en otro aspecto: el centro está hoy más limpio y más cuidado. Las fachadas restauradas, el mantenimiento constante y la regulación del tráfico han contribuido a una imagen más ordenada. La ciudad ha apostado por conservar su patrimonio monumental y por reforzar su atractivo turístico. El resultado es un centro más homogéneo, más regulado y visualmente más pulcro. «No hay color, ahora hay un servicio de limpieza fantástico, es difícil encontrarse zonas realmente sucias por el centro, si lo ves antes y lo comparas con ahora se nota una mejora muy clara», explicaba Bienvenido.

Sin embargo, esa mejora en el cuidado urbano convive con una sensación compartida por parte de algunos residentes: el centro ya no se siente tan barrio como antes. «Añoro el compañerismo que había en esa época, antes tenias tu cuadrilla de amigos y quedabas en un sitio a una hora todos los días, eso ahora se ha perdido, los amigos parece que son para un rato», recordaba Bienvenido. La pérdida de población residente, el encarecimiento de la vivienda y la orientación creciente hacia el visitante han modificado el equilibrio entre lo local y lo global. El corazón de Salamanca sigue latiendo en el mismo lugar, pero lo hace con un pulso diferente.

Entre la nostalgia y la modernización, el centro ha cambiado de piel sin romper del todo con su pasado. Las piedras doradas siguen ahí, la Plaza Mayor continúa siendo el punto de encuentro y el Café Novelty mantiene abiertas sus puertas. Pero bajo esa apariencia reconocible, la vida cotidiana se ha transformado profundamente en apenas tres décadas. El centro de Salamanca ya no es exactamente el que fue, aunque todavía conserve, en la memoria de sus vecinos, el eco de aquellos paseos separados y de aquellas tiendas donde el tendero sabía exactamente qué ibas a comprar antes incluso de que cruzaras la puerta.

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