Opinión

Mi 23-F

Tejero, durante el intento de golpe de Estado. Fotografía. RTVE.

Como ha salido estos días otra vez el episodio del 23-F, quizá tenga algo de interés recordar mi experiencia, que fue algo especial debido a dos circunstancias. Por un lado, yo era entonces responsable político -así se decía-, de un partido de izquierdas en Soria y, como tal, tuve pronto acceso a información oficial sobre la situación. Además, dio la casualidad de que precisamente en el momento del golpe nos hallábamos tres personas hablando de otro golpe anterior: el de julio de 1936.

Mi colega y amigo el historiador Carmelo Romero (que últimamente ha publicado dos excelentes libros sobre las elecciones de la II República) estaba preparando un estudio sobre la Guerra civil y yo le facilité el contacto con algunos que la habían vivido y podían testimoniar sobre ella. Así pues, la tarde del 23-F estábamos en su despacho del Colegio Universitario hablando con Juan Chamorro, viejo cenetista. Recuerdo bien su testimonio: los días previos al ‘Alzamiento’ los republicanos sospechaban que la Guardia Civil, única fuerza armada existente en la provincia, estaba comprometida con el golpe, aunque lo negaba, y algunos pedían armas al gobernador civil para defender la República. (En efecto: Soria fue ocupada por la columna de Sagardía en pocas horas y más adelante Juan escapó a la muerte por los pelos escondiéndose en el pozo de su casa cada vez que los falangistas iban a por él).

Mientras hablaba Juan llamaron a la puerta del despacho pidiendo que saliera Carmelo, quien, al volver, nos dijo:

– La radio dice que la Guardia Civil ha entrado pegando tiros en el Congreso.

– Juanito -le comenté-, me parece que vamos a tener que pedir armas otra vez para defendernos.

Pero él siguió relatando su historia. Al poco, Carmelo me dijo:

– Luis, ¿no tendrías que irte para ver qué está pasando?

Así era. Salí y me puse en contacto con mis compañeros. En las horas siguientes estuvimos alerta, inquietos, pero sin perder los nervios. No hubo huidas ni escondites ni quemas de documentos. Tampoco en el sindicato. Según pasaban las horas me fui tranquilizando. El golpe parecía una chapuza esperpéntica. ¿Cómo no había movimiento de tropas en ningún sitio, salvo en Valencia y en Prado del Rey?, ¿cómo no controlaban las emisoras de radio, que informaban libremente?, ¿cómo no trascendía ningún comunicado de los golpistas?… El discurso del rey, aunque tardío, redujo la tensión. Poco después llegó un policía armada a mi casa para que le acompañara al Gobierno Civil, donde había una reunión de partidos políticos y sindicatos. Fuimos andando por unas calles en las que no se veía ni un alma. El gobernador nos informó de que, según le transmitía el Gobierno en funciones, la situación estaba controlada en toda España excepto en Valencia, donde el general Milans del Bosch tenía sus tanques circulando por la ciudad. El Gobierno no preveía ningún contratiempo.

Después de la reunión volví a casa y me fui a la cama: la jornada siguiente era ‘día de escuela’.

Unos meses después salió una revista, dirigida por Eliseo Bayo, que publicaba en primera los listados de los que supuestamente hubieran sido eliminados en caso de triunfar el golpe. Advertí pronto que el ‘reportaje’, puro amarillismo, se limitaba a copiar tal cual las candidaturas de izquierda que se habían presentado en las últimas elecciones generales. Yo estaba ahí encabezando y también había sido candidato en las generales de 1977 y en las municipales de 1979, en las que salí elegido. Además, tenía antecedentes como militante y preso antifranquista. El artículo dio lugar a algún comentario jocoso y poco más.

Los ultras españoles, que otras veces han llegado al poder, o lo han intentado, mediante las armas y la violencia, ahora podrían acercarse a él mediante las urnas. Como Hitler. O como Trump. Lo que indica que la conducta de las sociedades no siempre se guía por la racionalidad y el respeto a los derechos humanos.

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