Hilario Garrudo Hernández, psicólogo clínico y formador de formadores, ofrece este jueves una charla en el CMI El Charro sobre tratamiento de las adicciones, dentro del ciclo ‘Psicología Hoy ¿Qué puede hacer por ti, organizado por el Colegio de Psicólogos de Castilla y León.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la adicción como un “trastorno físico y psicoemocional que crea una dependencia o necesidad hacia una sustancia, una actividad o una relación que tiene consecuencias nocivas para la salud y el equilibrio psíquico de la persona que la sufre”.
Se trata de un fenómeno multifactorial en el que concurren factores biológicos, psicológicos y sociales. Por una parte, la conducta adictiva altera el equilibrio químico del cerebro al actuar sobre el sistema de recompensa cerebral, liberando Dopamina y produciendo una sensación placentera al llevar a cabo esa conducta o evitando el malestar que produce la interrupción de la conducta o actividad adictiva. Esto tiene una evidente repercusión y psicológica ya que la persona tiende a buscar esas conductas, actividades o relaciones de las que depende, cuando surgen dificultades, para suplir carencias o para conseguir un alivio emocional ante las frustraciones de la vida cotidiana. Por su parte, la sociedad hedonista y consumista en la que estamos instalados siempre está solícita a poner a nuestra disposición todo tipo de productos y “recetas mágicas” para hacernos sentir bien sin esfuerzo ni demora, en una especie de “solución mágica” a todos nuestros problemas.
Existen dos grandes grupos de adicciones: las producidas por el consumo de drogas o adicciones con sustancia y las adicciones comportamentales o sin sustancia.
- Las primeras, la clasificación más rigurosa es la que hace alusión a cómo afectan las distintas drogas sobre el SNC y así tenemos drogas estimulantes, que aceleran el funcionamiento del cerebro, como la cocaína, las anfetaminas o la cafeína.
- En el polo opuesto están las drogas depresoras que ralentizan el funcionamiento cerebral y aquí tenemos a los derivados opiáceos como la heroína o la metadona, el alcohol o los hipnosedantes.
- En tercer lugar hay un grupo de sustancias denominadas perturbadoras ya que lo que hacen es alterar o distorsionar el funcionamiento cerebral; en este grupo se encuentran en primer lugar los alucinógenos, pero también podemos incluir a los derivados del cannabis (hachís y marihuana) y las drogas de laboratorio como el éxtasis o el fentanilo (un opiáceo sintético que está haciendo estragos al ser mucho más potente que la heroína).

Entre las adicciones comportamentales cabe mencionar en primer lugar el uso problemático de las TIC y otros trastornos adictivos como la ludopatía, juegos de azar y apuestas deportivas, la adicción a las compras compulsivas, al trabajo o al sexo y sin olvidarnos de las grandes descuidadas, las dependencias o adicciones emocionales, cada vez más frecuentes en las relaciones interpersonales en una sociedad sobreprotectora que no enseña a los y las menores a gestionar sus estados emocionales cambiantes y, en muchos casos, generándoles dependencia de sus referentes adultos.
Po lo general, las conductas adictivas tienen un componente emocional que predispone, origina y mantiene la adicción. Pueden servir para eludir, amortiguar o anestesiar estados emocionales desagradables (como la ira, la tristeza o la frustración) pero también para lograr una conexión con las demás personas cuando no se dispone de las habilidades relacionales adecuadas. Por otra parte, la persona adicta también puede utilizarlas para evitar el malestar causado por el síndrome de abstinencia. Así pues, las adicciones reconfiguran nuestro cerebro que entra en un “círculo vicioso” de búsqueda constante e inmediata de placer o de evitación del displacer.
Las conductas adictivas se asemejas a la punta de un iceberg que es lo que todos podemos ver en la superficie, pero lo que no vemos es lo realmente importante y eso está en las profundidades y puede pasar desapercibido, esa cara oculta de las adicciones: dolor emocional, apego inseguro, aislamiento, soledad, violencia, traumas, duelos o modelos inadecuados de crianza.
Si a esto unimos que se nos educa para manejar ideas y pensamientos, pero no emociones y sentimientos tenemos el terreno abonado para que el “analfabetismo emocional” en el que estamos inmersos siga campando a sus anchas en una sociedad autocomplaciente que busca “atajos”, como las conductas adictivas, que requieren menos esfuerzo para conseguir determinados fines o un supuesto estado de bienestar emocional ficticio.
Sobra decir que queda mucho trabajo por hacer, especialmente en el plano preventivo tanto a nivel familiar como escolar y comunitario y en esta tarea estamos todos implicados si queremos frenar o paliar estos trastornos adictivos que tanto impactan sobre la salud mental de la población. Una adecuada educación emocional que ayude a la población, especialmente a los/as menores, a considerar las emociones y sentimientos como algo propio de la condición humana sin connotaciones negativas ya que todas las emociones y sentimientos son útiles y prácticos pues nos aportan información sobre nosotros mismos y nos ayudan a interpretar la realidad que nos rodea. Se trata, pues, no de negar, eludir o anestesiar nuestro mundo emocional, sino de aprender a gestionarlo adecuadamente en base a las circunstancias que nos toca vivir en el día a día.




















