El Rollo: memoria de barrio en tiempos de cambio

De las tertulias en la calle y las partidas en los bares a los talleres de sevillanas, la vida vecinal se transforma sin hacer ruido
Jugadores de petanca en el parque Picasso. Fotografía. Luna Martín.

El barrio del Rollo ha cambiado sin hacer demasiado ruido. No ha vivido una transformación estética tan llamativa como otros puntos de la ciudad, ni ha buscado reinventarse a través del color o del turismo. Su evolución ha sido más silenciosa, más ligada al paso del tiempo que a grandes intervenciones urbanas. Y quizá por eso, quienes lo habitan hablan de él con una mezcla de nostalgia y serenidad.

Hace cuatro décadas, la zona del Alto del Rollo ni siquiera estaba completamente construida. Donde hoy hay bloques de viviendas, entonces había espacios sin edificar que marcaban el límite del barrio. Con el crecimiento urbano, el Rollo se consolidó como una zona residencial de familias trabajadoras que encontraron allí estabilidad y comunidad. «No había nada, se construyó todo cuando yo llegué, estamos hablando de hace 40 años» explicaba Inés, vecina del barrio. «Yo he vivido aquí en un piso de madera hace 50 años, y luego en otro igual, llevo aquí toda la vida» expresaba Isidro, otro de los habitantes de la zona.

Durante años, la vida se hacía en la calle. Las pequeñas tiendas de barrio eran mucho más que negocios: eran puntos de encuentro. En la panadería, en la carnicería o en el ultramarinos no solo se compraba; se conversaba, se intercambiaban noticias y se mantenía viva la red vecinal. «Yo iba a la carnicería siempre y ahí te encontrabas con la vecina, y si no con la hija de alguien, o con el marido, ahora ves a los vecinos en el portal y poco más, hay algunos que ni los conozco» comentaba Mercedes. «Nos juntábamos siempre unos cuantos y al final estabas más tiempo hablando que comprando» decían entre risas Ángeles e Isabel, amigas de Mercedes. «Los barrios son como los pueblos al final, no conoces a todos pero de vista por lo menos, al menos antes» comentaban.

Jugadores de petanca en el parque Picasso. Fotografía. Luna Martín.

Hoy, muchas de aquellas tiendas han ido cerrando, en parte por jubilación de sus propietarios y en parte por los cambios en los hábitos de consumo. Han abierto otros negocios, pero el tejido comercial ya no cumple exactamente la misma función social. «La mayoría de tiendas de antaño han cerrado, van abriendo otras y las cierran, así andamos» explicaba Inés con cierta resignación. «Yo tengo un local y justo lo acabo de alquilar para una clínica de fisioterapia, a ver si les va bien» decía también Isidro.

Esa transformación también se percibe en el uso del espacio público. Antes era habitual que los vecinos se reunieran a charlar en la calle, que salieran a “tomar la fresca” en las noches de verano o que improvisaran corrillos en cualquier esquina. «Yo recuerdo que mi madre todas las noches salía al parque Picasso a tomar el fresco con las vecinas, y tu aprovechabas cuando eras pequeña y andabas por la calle también, eso se ha perdido un poco» decía Mercedes. Ahora esos encuentros se producen más en los portales que en las aceras. La vida social no ha desaparecido, pero se ha desplazado a espacios más cerrados o más reducidos.

Los bares, tradicionalmente otro de los epicentros del barrio, también han notado el cambio generacional. En locales frecuentados como el Bar Rollo, durante años era habitual ver partidas de cartas, tertulias largas y mesas ocupadas por vecinos que repetían rutina casi a diario. «La mayoría de bares donde nos juntábamos antes ya han cerrado» decía Ángeles. Hoy esa imagen es menos frecuente. Se sigue yendo, pero menos. Las partidas escasean y el consumo se ha vuelto más puntual. «A los bares de aquí les damos vida los jubilados, que somos los que van y echamos la partida, las cartas y estamos ahí» reconocía Isidro.

El perfil demográfico del barrio explica parte de esa transformación. Aunque hay presencia de gente joven, el Rollo sigue siendo una zona con una población mayoritaria de edad avanzada. Muchos de los matrimonios que llegaron hace décadas ya no están, y quienes permanecen son, en muchos casos, los últimos representantes de aquella primera generación que dio forma al barrio. Esa realidad ha cambiado el ritmo cotidiano: más pausado, más tranquilo. «De los que compramos los pisos quedamos dos o tres, el resto pues o se han muerto o se han ido a otro lado, hay gente joven y familias pero predominamos los mayores» aseguraba Inés.

Negocios cerrados en El Alto del Rollo. Fotografía. Luna Martín.

Sin embargo, el Rollo mantiene una red asociativa activa que contribuye a sostener su dinamismo. Las asociaciones vecinales organizan actividades pensadas especialmente para las personas mayores: clases de yoga, sevillanas, talleres de memoria o encuentros culturales que permiten mantener la actividad y el contacto social. Estos espacios se han convertido en un pilar fundamental para evitar el aislamiento y reforzar el sentimiento de comunidad. «Yo por ejemplo soy de la Asociación San Isidro y hacemos un montón de actividades, te mantienen muy activos en el día a día, yo por ejemplo voy a sevillanas» decía Mercedes. «¡Cómo se lo pasa! Si por ella fuera se tiraba todo el día ahí» comentaba entre risas Isabel.

Las fiestas del barrio continúan celebrándose con participación. No tienen la masividad de otros tiempos, pero siguen siendo un momento de reencuentro intergeneracional. Durante esos días, el Rollo recupera parte del bullicio de antaño y las calles vuelven a llenarse de vecinos que comparten música, actividades y convivencia. «Hace poco se juntó mucha gente en Carnaval, y hacen también encuentros y comidas con patatas meneas para todos, la verdad que sigue habiendo vida» decía Inés

Los personajes de Barrio Sésamo desfilaron en el Martes de Carnaval de El Rollo. Fotografía. Pablo de la Peña.

La cercanía a zonas verdes y parques también influye en la vida actual del barrio. Las familias con niños se concentran en estos espacios, que funcionan como puntos de encuentro más habituales que la propia calle. Allí se mezclan generaciones: abuelos que acompañan a sus nietos, padres jóvenes y vecinos que pasean. El parque ha sustituido en parte a la acera como lugar de socialización. «Yo vengo al parque a sentarme y me gusta ver a las familias, pero por ejemplo los señores juegan mucho a la petanca, montan campeonatos y están aquí toda la tarde, se les hace de noche muchas veces» explica Inés en uno de los bancos del parque Picasso.

Uno de los negocios del barrio El Rollo. Fotografía. Luna Martín.

El Rollo no es un barrio que haya cambiado radicalmente su imagen, pero sí ha transformado su manera de relacionarse. Donde antes predominaba la vida exterior, hoy hay más recogimiento. Donde antes las tiendas marcaban el ritmo del día, ahora lo hacen las asociaciones y los espacios comunes. El barrio sigue siendo reconocible para quienes crecieron en él, pero su pulso es distinto. «La verdad es que se ha perdido la vida de barrio, la gente ahora es más independiente, va cada uno por su lado» reconocía Isidro.

Entre la permanencia y la adaptación, el Rollo continúa siendo un lugar de raíces profundas. Un barrio donde aún se saludan por el nombre, donde la memoria pesa y donde, aunque ya no se salga tanto a tomar la fresca, la comunidad sigue encontrando formas de mantenerse unida.

Glorieta de El Alto del Rollo. Fotografía. Luna Martín.

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