Hablar de mercadillos es Salamanca es contar la historia de cómo se han buscado la vida en esta ciudad. Aquí la historia de dos mujeres que representan el principio y el presente de esta tradición: una de las pioneras que levantó el rastro en el Barrio del Oeste, Carmen García-Rosado, y Verónica Pérez, que en la actualidad organiza su propio mercadillo en el Centenera. Dos momentos diferentes unidos por un mismo afán: el de aprovechar lo que otros ya no usan.
El origen: Cactus en cajas de zapatos y asambleas con sangría
Todo empezó en la Asociación Zoes. El mercadillo no nació por negocio, sino para pagar los gastos mínimos de la asociación: la revista Barros o la sangría que daban en las asambleas para que la gente se animara a ir. Exactamente el 11 de marzo de 1979, comenzó una tradición que cambiaría los domingos de la ciudad. «Las cuotas eran de 25 pesetas y no llegábamos», cuenta Carmen García-Rosado.
En su casa, Carmen García Rosado preparaba vasos de plástico con cactus y plantas. Cuando ya estaban enraizadas, las bajaba a la plaza en cajas de zapatos y las vendía a cinco pesetas. «Con eso era lo poquito que teníamos», recuerda. Lo que hoy vemos como una actividad organizada, entonces era pura espontaneidad: los niños vendían tebeos y cromos, y los vecinos sacaban lo que querían desprenderse de casa para juntar algo de dinero para la asociación.

El éxito fue inmediato. La noticia se expandió por toda la ciudad y, de repente, el barrio se llenó de personas de todos los lugares. Fue un crecimiento orgánico y libre, donde los bares de la zona jugaron un papel clave: se llenaban de gente, aumentaban sus ingresos y el barrio entero cobró una nueva vida. «Pusimos una semilla», dice Carmen García-Rosado con orgullo, recordando cómo el barrio se unió para ayudarse entre todos.
El viaje: De Casa Lis a la Aldehuela
«Complicó tanto la circulación que el Ayuntamiento nos dijo que había que sacarlo de allí», recuerda. Tras salir del Barrio del Oeste, el Ayuntamiento les ofreció un sitio detrás de Casa Lis, en la zona de Santiago I, cerca del río. Allí había más sitio, pero eso atrajo a más gente, furgonetas de ropa y hasta música estridente que molestaba a los vecinos.

Finalmente, el crecimiento obligó a llevarlo a donde está ahora: el recinto de la Aldehuela, un espacio que hoy da de comer a muchas familias y donde se mezcla la necesidad con el coleccionismo de antigüedades y libros, entre otras cosas.
Incluso hoy, esa solidaridad del principio sigue viva en los márgenes del recinto. Al terminar la jornada, los vendedores dejan en un rincón junto a los contenedores los productos que no han salido tras varios domingos. Allí, en silencio, las familias con menos recursos esperan a que el ferial se vacíe para recoger esas prendas, juguetes o artilugios y darles una nueva oportunidad. Es la prueba de que, décadas después, el rastro sigue cumpliendo su misión de ayudar a quien más lo necesita.
El presente: El rastro entra en los bares
Esa cultura de la segunda mano que empezó en la calle hace décadas, hoy se vive de otra forma en locales como el Centenera. Verónica Pérez creó este mercadillo hace 10 años casi por diversión, poniendo algo de ropa en el bar mientras sonaba música de fondo.

Ahora es una cita organizada: los domingos, un máximo de seis personas se apuntan por Instagram y, por orden de llegada, montan su puesto. A diferencia del rastro de la calle, aquí se paga una cuota de 25 euros a la organización y el ambiente es de cañas, música y el ajetreo de gente rebuscando entre las perchas. No solo hay ropa de segunda mano; también hay hueco para joyas artesanales y prendas hechas a mano.
En este mercadillo de bar es habitual ver a Amala Vintage, amiga de Verónica Pérez y defensora de esta filosofía. Para ella, esto no es una moda pasajera: «Es un estilo de vida». Cuenta que ellas llevan años comprando así, valorando lo que otros ya no usan además de las prendas únicas que se encuentran en estos lugares.
Por. Lara Arias Lordén





















