Opinión

Instrucciones para acariciar a un gato

La pequeña Magguie.

A Maguita, en su cielo

Primero habrá que acostumbrarse al tacto del terciopelo, para que la sensación de la caricia sobre el lomo del minino y su compás de ronroneo no nos pillen desprevenidos. Después, comprobar si tiene dueño. La caricia a un gatito abandonado puede parecer menos dulce, pero solo es algo momentáneo. Porque si decides quedarte con él, la experiencia será gratificante. No hay un ser más fiel que un minino que ha sufrido y a quien un nuevo dueño regala otra oportunidad.

Acariciar a un gato es deslizarse por el lomo de la noche y su sueño, donde la suavidad es una nube que ronronea y el silencio se llena con la secreta música de su ronquido. Los dedos se vuelven brisa que peina la seda tibia de un pequeño universo felino; en cada caricia, el tiempo se detiene, como si el mundo se recogiera en el susurro de un bigote. Tocarlo es rozar ese triángulo formado entre el misterio, el vértigo y la calma, allí donde su confianza se revela en el parpadeo lento de unos ojos de ámbar, y la nuestra se convierte en pura fe en el amor. Porque acariciar a un gato es lanzarse a la aventura por amor.

Acariciar a un gato es nombrar la cualidad tibia del mundo. Hacer del sonido una costura de milagro que parece poseer la frecuencia de una sinfonía y la cadencia de nuestra respiración. Dicen los que saben, también quienes lo experimentaron, que el ronroneo de un minino tiene el don de restañar las heridas; las suyas mas también las de su dueño. Por eso no es extraño que cuando este último atraviesa etapas de tristeza sienta, mientras duerme, cómo su gato se le coloca estirado junto a su columna vertebral, y comience a sanar su energía pulsando las cuerdas armónicas de su garganta.

Cuando se muere un gato, el hogar se transforma en un mapa de recuerdos, de huellas huecas de sus patitas sobre muebles y escaleras, sobre mantas y sillones. El vacío se hace presente en cada salto posible, en cada una de las heridas que fueron acumulándose sin queja alguna. Y la ausencia se hace grande, grande como pequeño era el ser que ya no está como antes pero que, ahora, cuando ya no se le ve, se le siente más que nunca. Entonces se lloran las caricias no otorgadas.

Al caer la noche, merodeador en este mundo y en el otro, retorna e inicia su visita silenciosa; un ser forjado de aire, o tal vez de suave niebla plateada, se posa delicadamente sobre la cama y, en su transparencia, deja un espacio que revela la verdad de su presencia. La frente del fantasma bigotudo se apoya sobre su dueño, y su patita de inasible cristal cierra el puño dormido de su dueño sobre su existencia incierta. No hay criatura celestial más cercana a esta tierra que el gato que, habiéndose ido, en el fondo, nunca nos deja del todo.

La pequeña Maggie, Maguita, la lobita parda de la casa, que hace ya diez tristes días nos dejó, vuelve a casa cada noche a jugar con sus hermanos. La siente susurrar el resto de la camada. Pero, sobre todo, y de una manera especial, su hermana, la oseznita blanca, la parte yang del tándem místico chino. Ella ocupa al atardecer los espacios familiares que antes eran ocupados por Maggie. Ha cambiado sus costumbres, como si necesitara invocar su cuerpo y hacerlo propio rozando la materia que sujeta sus olores. Qué fidelidad a la memoria la suya.

Lo último que se va de un ser es su aroma, por eso todavía se puede rastrear la presencia pasajera de Maguita en la cama donde dormía, en el sillón donde descansaba, en cada uno de los sitios que hacía suyos cada día. Los besos y caricias que antes eran de ella son ahora para el resto de los seres vivos que con Maggie convivían. Cuando falta el ser querido retornan a la memoria, y la oscurecen, las caricias no otorgadas. En todo hay una grieta y por ella entra la luz, ha titulado hermosamente su última novela Patricio Pron. Las ausencias son la grieta a través de la que el universo nos ilumina para seguir acariciando la vida a nuestro alrededor.

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