En este contexto de tensión y resurgir de la extrema derecha, el 8M no es solo un día para conmemorar los derechos conseguidos, sino una jornada de movilización para seguir defendiéndolos. Ante un panorama internacional desalentador no podemos quedarnos calladas.
Un año más, se acerca el 8 de marzo y nos preguntamos el porqué de esta fecha. Muchas se prepararán para dejarse la voz en las manifestaciones. Algunas verán la marea desde la barrera, con indiferencia. Otras dirán que esta fecha se ha convertido en una fiesta o que el feminismo no las representa. Olvidan que gracias al feminismo pueden dar su opinión. Pero en algo tienen razón, y es que esta fecha jamás será una fiesta, no mientras la cifra de mujeres asesinadas por violencia de género siga aumentando trágicamente.
El feminicidio es la cara más brutal de la discriminación perpetrada hacia las mujeres, pero hasta llegar a él, la desigualdad se disfraza con una amplísima variedad de máscaras: En lo que va de 2026, diez vidas han sido truncadas en España. A ello se le suma una brecha salarial del 17 %, el hecho de que nuestro país sea el primero de Europa en consumo de prostitución, que el 57 % de las víctimas de violencia sexual nunca lo haya contado a nadie o que el derecho a abortar sea puesto en tela de juicio cada día. Y así hasta bajar al plano cotidiano, pues el machismo se cuela incluso en las conversaciones más nimias con frases como: “se te va a pasar el arroz” o “qué suerte que tu marido te ayude en casa”.
Sobran datos para demostrar el componente estructural de la desigualdad de género, patente en todas las esferas de la vida, como lo demuestra la especificidad de múltiples opresiones que sufren las compañeras racializadas, migrantes, con discapacidad, LGTBIQ+, o de áreas rurales, entre otras muchas situaciones.
Y qué decir de los hombres. Esta fecha es asimismo un momento idóneo para recordar que el sistema patriarcal también los perjudica, imponiéndoles mandatos de género restrictivos y socializándolos en un modelo de masculinidad donde mostrar sentimientos es percibido como debilidad. Y no, el feminismo no ataca a los hombres como personas. Frente a lo que ciertos discursos avalan, el fomento de la equidad pasa por cuestionar privilegios de poder y lograr un entorno más saludable en el que el género no sea un factor articulador.
La lucha feminista no se sostiene sin la mitad de la población, requiere de un compromiso real y efectivo por parte de los hombres. El movimiento morado necesita a hombres involucrados; su papel es esencial en la deconstrucción de masculinidades dañinas para lograr cambios culturales profundos desde el propio ejemplo, acabando así con la perpetuación de patrones en las generaciones más jóvenes.
Sin embargo, aun reconociendo la existencia de iniciativas positivas, asusta asistir al auge actual de la manosfera (o misoginia digital) porque agita el debate público desde discursos de odio que llegan a chicos de edades cada vez más tempranas. Negar su existencia no lo hará desaparecer, por lo que resulta vital identificarlo para poder paliar sus efectos.
En este contexto de tensión y resurgir de la extrema derecha, el 8M no es solo un día para conmemorar los derechos conseguidos, sino una jornada de movilización para seguir defendiéndolos. Ante un panorama internacional desalentador no podemos quedarnos calladas. Ahora más que nunca nuestras voces deben unirse, oponiéndonos con firmeza a todo retroceso.
Parece que queda lejos aquel 2018 en el que las calles se tiñeron masivamente de morado, cuando irrumpió con fuerza la cuarta ola feminista que logró poner en el centro de la agenda política demandas que aún están por consolidarse. Ocho años después toca echar la vista atrás para ser conscientes del inmenso poder que se deriva del compromiso colectivo, del reafirmarse en lo comunitario como herramienta de cambio. Toca tejer redes irrompibles por las embestidas de sectores reaccionarios. Toca no mirar a otro lado y gritar: “hermana, yo sí te creo” una vez más. Toca abrazar a todo el que quiera sumarse a la causa. En definitiva, toca reivindicar los derechos de las mujeres, que son derechos humanos. Porque la igualdad es un derecho. Defenderla, también.
Por. Elena Parra García, defensora de los Derechos Humanos






















