Opinión

La jubilación: náufragos en Ítaca

Una persona sujeta una taza de café.

Tras una vida entregada a la tiranía del reloj, alcanzar la meta del descanso puede transformarse en un inesperado vacío existencial. ¿Cómo aprender a habitar el tiempo propio cuando el uniforme del rendimiento ya no nos define?

Después de décadas bajo la dictadura de la productividad, la jubilación nos devuelve la propiedad de nuestras horas. Sin embargo, poseer el tiempo no garantiza saber habitarlo. Esta columna es un recorrido sobre el reto de convertir el silencio del despertador en un acto de libertad auténtica.

Nuestra vida ha estado, por demasiado tiempo, secuestrada por la lógica de la utilidad. En esos años, el tiempo nos poseía: éramos una función, un cargo, un eslabón en una cadena de producción que medía nuestro valor por la capacidad de tachar tareas en una lista infinita. Como ha señalado Byung-Chul Han, -galardonado con el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2025 y referente del pensamiento contemporáneo-, formábamos parte de una «sociedad del cansancio» donde nos explotaban y auto explotábamos creyendo que la actividad frenética era sinónimo de libertad. El descanso no era un derecho, sino una tregua técnica para volver a producir.

Pero un día, nos jubilan, el engranaje se detiene y ocurre un fenómeno metafísico: la jubilación nos devuelve el control de nuestras horas. Surge entonces una paradoja cruel: finalmente poseemos el tiempo, pero hemos olvidado quiénes somos bajo las anteojeras del quehacer continuo y no sabemos qué hacer con él. Tras una vida sometido a los horarios, la libertad de una agenda en blanco puede provocar el vértigo del náufrago al pisar la playa de Ítaca. ¿Qué hacemos cuando ya nadie nos necesita a las ocho en punto de la mañana? Es el enfrentamiento con lo que Blaise Pascal definía como el «horror al vacío»: esa incapacidad del ser humano para quedarse quieto en una habitación, a solas con su propia finitud.

Pasar de la tiranía del reloj al silencio del amanecer exige un cambio de paradigma. Para Martin Heidegger este es el momento de transitar del «tiempo anónimo» -ese donde el tiempo se usa o se pierde en lo trivial- hacia un «tiempo propio». Poseer las horas en la vejez no es tener un vacío que llenar, sino el coraje de habitar el presente con la conciencia de que cada minuto es una posibilidad única de ser nosotros mismos, despojados ya de la máscara del rendimiento.

Llenar el día no es buscar distracciones para que el sol se ponga rápido. «Matar el tiempo» es una forma de negarnos la existencia. El verdadero desafío consiste en rescatar los pequeños rituales y convertirlos en actos de resistencia. Ya no se trata de ser útiles para el mercado, sino de ser significativos para nuestra propia conciencia.

El peligro de la jubilación no es el declive del cuerpo, sino la culpa de una mente que aún busca a un jefe que ya no existe. Si antes el tiempo nos utilizaba como herramientas, ahora nos toca a nosotros darle una forma propia. La dignidad de la vejez reside en despertar cada mañana, sostener la mirada al silencio y descubrir que no es una amenaza, sino el sonido de la libertad recuperada. No es fácil aprender a vivir en libertad, pero es indispensable hacerlo.

Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado

Deja un comentario

No dejes ni tu nombre ni el correo. Deja tu comentario como 'Anónimo' o un alias.

Te recomendamos

Buscar
Servicios