Opinión

Gaya Nuño: arte, escritura y carácter

Exposición ‘Gaya Nuño: una modernidad española’ en el centro Cultural Fundos.

Todos los días perdía su guerra, mas, siendo perdedor material, se fue como incansable triunfador moral
(Concha de Marco)

Por suerte, Salamanca tiene una oferta cultural amplia y variada, pero no sé si por eso mismo a veces hay cosas que pasan desapercibidas o sin la debida atención. Ese puede ser el caso de la exposición: Gaya Nuño: una modernidad española. Se trata de un historiador, crítico de arte y escritor que fue clave, como dice la web de Fundos -en cuya sala de la calle Alfonso IX se expone- «para la reconstrucción de la modernidad artística española tras la Guerra Civil».

La difusión de la obra de Gaya tiene gran interés en sí misma, pero es también un acto de justicia histórica hacia un intelectual al que los mandarines políticos y culturales de la dictadura marginaron por sus antecedentes republicanos, vetándole el acceso a la universidad y a las academias y censurando total o parcialmente algunas de sus obras. A todos los efectos, puede vérsele como un exiliado interior. Fue su enorme capacidad intelectual y de trabajo y su sintonía con los artistas más avanzados de su época (José Caballero, Vázquez Díaz, Benjamín Palencia, César Manrique, Millares, Tàpies, Cuixart, Oteiza, etc.) lo que le permitió salir adelante y gozar de un sólido prestigio entre las «inmensas minorías». También le ayudó el permanente apoyo moral y material de su esposa Concha de Marco. 

 No voy a entrar en su valoración como historiador del arte y literato; sería aventurado por mi parte. El visionado de la exposición da una idea somera de ello, así como una introducción a lo mejor del arte plástico español del siglo XX. Solo señalaré que su faceta de escritor se refleja en la prosa misma de sus obras académicas, haciéndolas más cercanas y vivas. Así, por ejemplo, caracteriza a Gutiérrez Solana en su Historia del arte español:

«Aquí está la herencia de Goya, en las mil fantasmagorías de Solana, en sus máscaras y monigotes, en sus prostitutas de ínfima tarifa, en las procesiones del pueblo (…). El tremendo Solana, desgarrado, soez y genial, enseña que el solar hispano no ha cambiado mucho desde Goya (…).
Solana nos consuela de todas las artificiosidades a él contemporáneas; huele a sangre, a sudor y a vino, y tendrá probablemente en una futura historia del arte la castiza inmortalidad de un Zurbarán».

Me interesa también insistir en un aspecto que ya señala el tríptico de la exposición: su compromiso político y su talla moral. Compartía con su padre (médico asesinado por los golpistas en Soria al principio de la Guerra civil) los ideales republicanos, si bien desde la afiliación a las Juventudes Socialistas Unificadas. Fue voluntario al Ejército Popular, donde llegó al empleo de capitán. Un librito suyo cuenta su experiencia en el frente de Guadalajara. Al acabar la guerra se entregó y fue condenado a 20 años de prisión por “auxilio a la rebelión”. De ellos cumplió cuatro en distintas cárceles, quedando luego en libertad condicional y con estancia obligada en Bilbao hasta 1953. 

No me resisto a evocar una anécdota de Gaya poco conocida, en la que se refleja lo indomable de su carácter. Como es sabido, en las cárceles franquistas era obligada la asistencia a misa. En una ocasión él y un grupo de compañeros de la prisión de Valdenoceda (Burgos) decidieron permanecer de pie durante la consagración en vez de arrodillarse. De momento no pasó nada, pero al día siguiente se presentó una camioneta para «pasear» al grupo. Desde luego, los alrededores del penal son muy amenos: un amplio valle con los paisajes agrestes de las Merindades y el Alto Ebro donde destacan la iglesia de Valdenoceda, joya del románico, y el imponente torreón medieval de los Velasco. Pero no eran estas cosas lo que esperaban ver los presos, sino algún paraje apartado donde no pudieran oírse los tiros que, eso esperaban, acabarían con sus vidas. Sin embargo, al cabo de un rato la camioneta dio la vuelta y les devolvió al penal. El paseo simulado había sido sin duda una broma macabra y un aviso del cura de la prisión, que tenía especial inquina a intelectuales ateos y republicanos como Gaya.

Gaya sobrevivió malamente, pero en la prisión de Valdenoceda (un caserón industrial abandonado) murieron al menos 154 presos de hambre, frío y enfermedades en la posguerra. También murió una mujer: Ana Faucha, la madre de uno de los presos, que llegó allí andando desde Almería para llevar un paquete de comida a su hijo preso. No la dejaron pasar, pues el hijo se hallaba incomunicado por castigo. El cuerpo yerto de Ana fue hallado en la nieve, junto al paquete, pocos días después. Cuentan la historia Marcos Ana en su autobiografía «Decidme cómo es un árbol» y Agustín Gómez-Arcos en una de sus novelas.

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