El periodismo español pierde a uno de sus referentes más insobornables. Raúl del Pozo ha fallecido en Madrid a los 89 años, según ha confirmado El Mundo, diario donde durante décadas custodió la última página con su afilada columna. Reportero de raza, corresponsal en las grandes capitales del mundo y cronista parlamentario, Del Pozo representaba una forma de entender el oficio donde la calle, la cultura y el lenguaje puro eran los únicos protagonistas.
De Cuenca a la Luna: una vida de historias
Nacido en Mariana (Cuenca) en la Navidad de 1936 -presumía con humor de compartir cumpleaños con Jesucristo y Ava Gardner-, antes de ser periodista fue maestro y camarero en París. Su carrera despegó en los años 60 y pasó por redacciones míticas como el diario Pueblo, donde de la mano de José María García llegó a cubrir hitos como el lanzamiento del Apolo 11.
Fue corresponsal en Moscú, Londres y Buenos Aires, pero siempre mantuvo intacto el castellano «limpio y pastoril» que aprendió en su tierra y que defendió de cualquier contaminación idiomática.
El heredero de la última página
Su figura quedó grabada en la historia de la prensa contemporánea cuando en 2007 asumió el reto de sustituir al fallecido Francisco Umbral en la contraportada de El Mundo. Bajo el título «El ruido de la calle», Del Pozo analizó la política y la sociedad española con una red de fuentes envidiable y una elegancia que le valió los galardones más prestigiosos del gremio, como el Mariano de Cavia o el González-Ruano.
- Voz de la Transición: Participó en la fundación de El Independiente y fue cronista parlamentario de referencia, moviéndose con soltura entre los pasillos del Congreso y las tertulias del Café Gijón.
- Escritor premiado: Más allá de las columnas, destacó como novelista con obras como El reclamo (Premio Primavera 2011) y ensayos políticos que diseccionaron el poder en España.
Un adiós en silencio
Su última columna, titulada significativamente «Una máquina de perder», vio la luz el pasado 1 de enero. Con su marcha, desaparece el último integrante de una estirpe de cronistas que convirtieron el periodismo en literatura diaria. Madrid y Cuenca lloran hoy a un «buscador de historias» que nunca dejó de ser aquel niño que escuchaba a los pastores para encontrar la palabra exacta.



















