¿Somos más limpios ahora que hace 20 años? ¿Tiramos el papel, el chicle, la lata… al suelo sin miramientos? Los barrenderos que adecentan todos los días las calles de Salamanca tienen las respuestas.
¿Ha notado que a lo largo de los años ha cambiado nuestro comportamiento en la calle? “No, la gente sigue igual», afirma uno de los barrenderos salmantinos. A pesar de las campañas de concienciación y del paso del tiempo, el trabajador reconoce que el descuido ciudadano es una constante que no disminuye, sino que simplemente se transforma según el calendario.
Paseamos por las calles capitalinas y están limpias gracias al trabajo de barrenderos que ‘sufren’ a diario el comportamiento de los ciudadanos más insolidarios. «Hay gente que me está viendo pasar con el carro, tenemos la papelera al lado y aun así me miran a la cara y sueltan el papel en el suelo. Parece que como nos ven limpiando, sienten que tienen derecho a ensuciar más».
Esta actitud revela incivismo y va más allá del despiste, siendo una decisión consciente de desprecio hacia el espacio público que es de todos y hacia el barrendero.
Eso sí, no todas las estaciones son iguales para el trabajo del limpiador. Uno de los datos más curiosos es cómo influye la meteorología en nuestro comportamiento. «En cuanto sale el sol, la gente tiene más ganas de salir y se nota mucho más en cómo queda la calle», explica.
Las terrazas se llenan y la vida social toma la calle, el gesto de buscar una papelera se vuelve, a menudo, secundario. El suelo se convierte en el destino rápido para plásticos y papeles que deberían acabar en su sitio.
El rastro de la fiesta
Los barrenderos del fin de semana ven como por la mañana las calles donde se desarrolla el ocio nocturno amanece con un rastro de cristales rotos, bolsas de plástico y restos de comida rápida. Y todo ello, en los alrededores de la Plaza Mayor. Hay que darse prisa para que, al levantarse los turistas, el centro histórico luzca como ‘los chorros del oro’.

El botellón y las colas de las discotecas generan una cantidad de basura que desborda cualquier previsión. «La noche transforma la ciudad. Por la mañana, Salamanca huele a orina y a alcohol derramado», comenta uno de los operarios del centro. A pesar de los refuerzos en el servicio de limpieza de madrugada, las manchas de grasa en el pavimento y el olor persistente son la factura que la ciudad paga por su famosa vida nocturna.
El respeto por el centro no llega a los barrios
Miles de personas conocen cada fin de semana las calles y plazas que conforman la Ciudad Patrimonio de la Humanidad. La ven cuidada, limpia y sus zonas verdes bien escardadas. “Aquí, la suciedad se nota menos, aunque las papeleras están más llenas, las calles están limpias a diferencia de los barrios”, expone uno de los barrenderos.
Fuera de las calles principales, los trabajadores de la limpieza aseguran que el uso de las papeleras es más deficiente.
La calle como caja de sorpresas
Tras años recorriendo el asfalto, los profesionales han visto pasar de todo por delante de su cepillo. «Se encuentra uno de todo, desde compresas usadas, pañales hasta joyas de valor».
Al final, el centro de Salamanca luce impecable y los barrederos aseguran que estaría aún más cuidada si se utilizaran más las papeleras o contenedores. “Si la ciudad está limpia no es porque hayamos aprendido a no ensuciar, sino porque alguien pasa por detrás a recogerlo. Sobre todo, cuando sale el sol y nos olvidamos de lo que dejamos en el suelo”, concluyen.
Hace años se utilizó el lema: ‘Salamanca culta y limpia’.
Texto: Lara Arias Lordén



















