Opinión

El lenguaje como discriminación

Letras. Imagen de christopher Walkey en Pixabay

El lenguaje cotidiano opera como un sistema de discriminación ramificado que atraviesa prácticamente todos los ejes de desigualdad social. A continuación, un recorrido por los principales.

El lenguaje cotidiano no solo describe la realidad: también influye en cómo se reconocen o se niegan los derechos humanos. Las palabras y expresiones que usamos a diario pueden reforzar prejuicios, legitimar desigualdades y hacer que la discriminación parezca normal, inevitable o incluso “inofensiva”, lo que debilita la idea de que todas las personas tienen la misma dignidad y los mismos derechos. Al repetirse en conversaciones, bromas, consejos y frases hechas, estas formas de hablar se vuelven invisibles y difíciles de cuestionar, y terminan naturalizando prácticas que van en contra de la igualdad, el respeto y la no discriminación.

El español tiene asimetrías incorporadas en cuanto al sexismo y machismo, el masculino genérico invisibiliza a las mujeres, y expresiones como «zorro/zorra» cargan valoraciones distintas según el género. Las microagresiones machistas (comentarios sobre apariencia, capacidad, roles) parecen inofensivas pero consolidan jerarquías. Incluso personas que se consideran feministas pueden reproducir lenguaje machista sin advertirlo.

El trabajo de cuidado, esencial para sostener la economía y la sociedad, es invisibilizado y desvalorizado, se presenta como “amor”, “ayuda” o simplemente no se nombra como trabajo, y se puede ver en las políticas neoliberales que han asumido que las mujeres absorberán sin coste los recortes en servicios públicos, perpetuando desigualdades. A nivel global, las cadenas de cuidado trasladan esta carga a mujeres pobres del sur global. El lenguaje cotidiano refuerza esta lógica al negar que cuidar sea trabajo y al convertirlo en obligación femenina natural.

La explotación y la precariedad es otra cuestión a la que atenerse, el lenguaje empresarial transforma la precariedad en oportunidad. Términos como “colaborador”, “flexibilidad” o “emprendedor” ocultan relaciones de poder, inseguridad y pérdida de derechos. La precariedad se normaliza como condición estructural del capitalismo contemporáneo, dificultando la solidaridad entre trabajadores, y derechos antes considerados básicos pasan a verse como privilegios.

Frases como «si quisieras, podrías» contribuyen a constituir esta ficción de la meritocracia que ignora barreras. Si el éxito es solo cuestión de esfuerzo, ¿entonces el fracaso es culpa tuya? Eso convierte la desigualdad en veredicto moral, ignorando las circunstancias de origen determinantes y reconociendo que todos tienen las mismas oportunidades, y promoviendo el racismo, entre otras cuestiones importantes.

La culpa individual y usar consejos como algo moral, tales como «administras mal», «elegiste mal», «nadie te debe nada» desplazan problemas estructurales (pobreza, enfermedad) hacia supuestos defectos personales. Estos consejos de superación a menudo funcionan como juicios disfrazados de ayuda.

Se puede enlazar con el discurso político actual de la derecha en relación a los derechos humanos, la derecha populista utiliza el lenguaje de los derechos y la soberanía para restringirlos selectivamente, define al “pueblo” de forma excluyente y legitima la limitación de derechos de minorías bajo ideas de orden, seguridad o defensa de valores. En lo cotidiano, expresiones que “simplifican” reducen problemas complejos a soluciones autoritarias y refuerzan estas divisiones sociales.

El hilo que conecta estos cuatro ejes es el mismo: el lenguaje convierte relaciones de poder en hechos naturales. En cada caso, el lenguaje cotidiano no describe la realidad: la reescribe para que la desigualdad parezca inevitable.

Por. Jimena Moreiras Bernabé, defensora de los Derechos Humanos.

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