«¿Quién ha dicho que hay una edad en la que uno ya no sirve para nada?»

Paloma San Basilio actúa el viernes y sábado en el teatro Liceo con su espectáculo ‘Dulcinea’
Paloma San Basilio interpreta a 'Dulcinea' en el Liceo el viernes y sábado.

Voz suave y segura. Durante la charla, Paloma San Basilio, una de nuestras grandes de la escena, porque actúa, canta, baila… y lo hace todo bien, hablará de juventud, que se cura con los años; de la madurez, que aporta grandes satisfacciones y de querer seguir aprendiendo. Quizá por ello, le ha dado la mano a Cervantes y a Unamuno y se lo está pasando muy bien, como pretende que lo disfrute el público que se acerque al Liceo el viernes o el sábado a ver Dulcinea.

Paloma. ¿Todas las mujeres llevamos una Dulcinea encima o dentro?
A veces la llevamos encima y otras dentro. Encima te la ponen los de fuera y dentro eres tú la que la coloca. Siempre, en algún punto, seguimos pensando en el ‘príncipe azul’, en que nos cuiden mucho, que nos regalen flores, escriban poemas, nos miren con mirada limpia y preciosa. Renunciar a esto, es renunciar al romanticismo y no hay que hacerlo. Por ejemplo. Leonor de Aquitania era una mujer adelantada a su tiempo, pero defendía el amor cortés. No tenemos que renunciar a esto, pero sí a la sobrecarga.

¿En qué sentido?
El estar siempre ideales, perfectas, delgadas… No sé cómo explicarme. Esa fosilización del tiempo en la que se convierte una persona cuando responde a especulaciones externas y a marcos que no le pertenecen, porque están impostados desde la sociedad, que cada vez tiene más fascinación por la juventud.

Se cura con los años.
Efectivamente. Hay una canción que me encantaba (se pone a cantar) ‘Juventud que pasa con el tiempo’. Estamos sublimando el periodo más corto de la vida de una persona. La adolescencia termina, empieza la juventud, en sentido puro y duro, y enseguida se coloca en los 40, que es una edad maravillosa, como los 50, los 60… y ya se supone que no es juventud. ¿Qué estamos dejando como referente? El periodo más corto y posiblemente el más complejo, el más conflictivo.

Mi padre decía que la mejor edad era entre los 45 y los 65 años, porque ya tenías la madurez para saber decir ‘no’ y la fuerza para saber decir ‘sí’.
Totalmente. Ahora mismo, estoy en tres cuartas partes de siglo y hago una obra revolucionaria, preciosa, con un mensaje, una valentía, un lenguaje complejo, con muchas propuestas no convencionales. ¿Quién ha dicho que hay una edad en la que uno ya no sirve para nada? Tenemos que remitirnos a los griegos, que pensaban que la edad era un valor, no una carencia.

Se dice que el elixir de la eterna juventud es seguir aprendiendo todos los días.
Efectivamente. Ese es mi leitmotiv: aprender, imaginación, arriesgarte, valentía, curiosidad, inocencia… tenemos que seguir al niño que tenemos dentro. ¡Esos sí que sabían! Los que decían: ‘¿Por qué no?’ o ‘Esto no es un escarabajo, esto es un amigo que ha venido a verme’.
(Carcajada)
Nos apartan de lo que somos, de la esencia, para convertirnos en un cliché, en algo convencional y política y socialmente ortodoxo. Nos cortan las alas. La educación que tenemos en general es más de importación, de posibilidades, que de desarrollo. Creo que de ahí es de donde viene que nos aferremos a una etapa de la vida en la que creemos que lo tenemos todo, cuando todavía nos falta tanto.

¿Cómo se podría reenfocar esta situación tan diabólica?
Creo que hay que venir a ver Dulcinea.

Invítenos.
Hay un texto de La Galatea, donde hay un alegato feminista, en el buen sentido, más maravilloso e intenso, descriptivo, con más carga de contenido y de razón, que yo he leído en mi vida. Lo que hay que hacer es concienciarnos a que somos seres humanos, que tenemos derecho a ser cómo somos, que no nos tienen que imponer desde fuera los patrones. Todo el mundo tiene derecho a ser lo que es. Eso nos hará ganar en diversidad, en opciones, que necesitemos menos asistencia para corregir cosas que ni siquiera son nuestras, vienen del exterior. Sigo pensando que el origen de que lo que tiene esta sociedad como carencia, defecto, distorsión… es la educación, porque creo que no va por donde tiene que ir.

Paloma San Basilio interpreta a ‘Dulcinea’ en el Liceo el viernes y sábado. Fotografía. Javier Nadal.

Paloma. ¿Cuánta belleza tiene una mujer inteligente?
(Silencio) Toda la que sea capaz de generar a través de su mirada, de sus gestos, de su capacidad de convivir, dialogar, amar… ¡Imagínate! Esto está en todas partes. Es una actitud ante la vida. Solo sé que no sé nada y seguir aprendiendo y disfrutando.

En su Dulcinea une a Cervantes con Unamuno. Ambos pasaron por Salamanca. ¿Qué aporta uno y otro en la función?
Cervantes es un compendio del ser humano. Es un tratado sobre la humanidad. Es un hombre que pasó por todo, tuvo muchas vivencias, muchas situaciones difíciles, se mezclaba con todo lo que encontraba, tomaba nota de las vidas, pequeñas o grandes, y eso se ve en El Quijote y el resto de sus obras, te hace una disección inmensa sobre la condición humana. Todo tiene la mirada distinta depende de donde la coloques.

Y, ¿Unamuno?
Unamuno es el intelectual que cuando está de acuerdo con algo lo dice y cuando no, también. A riesgo de perderlo todo. Es un valiente lleno de razones. Ese discurso de: ‘Vencer no es convencer’. Eso es lo que está pasando, que vence a la fuerza, con artimañas, con manipulación… Al final todo el mundo está confundido y nadie sabe realmente lo que quiere. Creo que es uno de los grandes problemas que tiene la Democracia, la incapacidad para distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso…

El primer nivel de la Democracia es el voto y se está legitimando a totalitarios, como ya se hizo con Hitler hace 100 años. El segundo es cumplir el programa y no lo cumplen.
Porque no lo pensaban cumplir. Por eso la educación es tan importante, para tener pensamiento propio, criterio… para poder decir: ‘Esto que me cuentas, no me convence’. ‘Esto que me cuentas, sí’. Que seamos capaces de elegir. La gente se ha convertido en fanáticos de algo.

Luego están los palmeros que aplauden en las redes sociales.
También aplauden a lo malévolo, a lo tóxico… es que hay gente que necesita unirse a la tribu. Yo puedo tener una idea, pero no quiero que la idea me tenga a mí.

Quizá por eso es tan importante leer a Unamuno y Cervantes.
¡Por favor! Tenemos que leer más, ver menos televisión, menos móviles… Nosotros decimos en la función tres veces que apaguen los teléfonos y de vez en cuento suenan. Es como una cosa que tenemos pegada en la mano y no lo podemos dejar. ¿Cuándo hemos necesitado tener algo en la mano todo el día? Es terrible pensarlo. Te da muchas posibilidades, pero te atrapa. En Dulcinea digo un texto de Unamuno: ‘Luchad contra los desaforados gigantes del Peloponeso, implorando de ellos misericordia’.

¿Qué le ha enseñado Cervantes del amor?
Cervantes no fue muy afortunado en el amor. Estaba tan ensimismado con sus idas y venidas, con el hecho de que no acababa de tener el éxito, que sí tenía Lope de Vega; que no tenía dinero… Por eso Cervantes convierte el amor en algo intangible, que no te compromete, que no te obliga a… Es lo que le digo a Quijote en esta función: ‘Nunca me dijiste nada. Nunca viniste. Nunca me diste un beso’. Estamos en un amor que no es real. Cervantes huye de la realidad constantemente, pero tiene el amor por ese personaje; el amor entre Quijote y Sancho. El amor de Sancho a Quijote, ese ser disparatado, que lo lleva por la calle de en medio.

Pero, ¡qué divertido encontrarte con un ser así!
¡Ay, sí de verdad! Mira la vida de Sancho, todo el día dale que te pego, y se une a Quijote y se va por el mundo. Además, se convierte en el mandamás de la Ínsula Barataria y dice: ‘Esto no me gusta’. Y, se va.

¿Nos descubrirá a un Unamuno romántico en esta Dulcinea?
Los dos monólogos del final son de Unamuno y en medio hay una canción escrita por mi hija Ivana que se titula ‘Mi querido don Quijote’. En esos dos monólogos hay tanta ternura, pasión, humor… La función es muy bonita, pero esos dos monólogos del final, te enganchan de una manera que dices: ¡Olé! ¡Cómo se puede escribir tan bello! Yo misma he descubierto a un Unamuno que no conocía y me está dando herramientas para emocionarme y emocionar.

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