Opinión

La nieve blanca del Tormes

Salamanca tiene una forma muy particular de negociar con el invierno. Aquí el frío no se despide con un adiós rotundo cuando asoma la primavera. Marzo y abril son meses de treguas engañosas, de idas y venidas, un territorio incierto donde la luz promete y el cuerpo desconfía; por eso seguimos fieles al refrán: hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo.

Sin embargo, esa resistencia del frío a marcharse no impide que la ciudad estalle en color. Estos días, pasear por Salamanca deja de ser solo transitar entre la piedra dorada y los adoquines de granito: es asistir al despertar silencioso de miles de pétalos que toman las calles.

El recorrido empieza, casi por instinto, buscando el sol y la luz. A orillas del Tormes, la primavera no pide permiso. El rio arrastra una luz distinta estos días, una claridad que no es todavía cálida, pero ya no es del todo invierno. En sus orillas los almendros silvestres en flor (Prunus dulcis) se recortan contra el cielo de marzo y dibujan un contraste casi irreal con el perfil de las catedrales. Allí, junto al discurrir pausado del río, el blanco de las flores parece suspendido en el aire, como una niebla baja, una suerte de nieve cálida que alfombra las riberas.

En los alrededores del Puente Romano, el paisaje se anima con otros tonos. Los rosados intensos y matices anaranjados de las japónicas (Rhododendron spp.) rompen la uniformidad y añaden un contrapunto de color vibrante al paseo.

Pero el espectáculo no pertenece solo al río. Al internarse en el callejero, la ciudad sorprende con esquinas que ayer eran grises y hoy se han convertido en lienzos de color. Las hileras de árboles que escoltan las aceras trazan una geometría vegetal que, en estas fechas, alcanza su máximo esplendor.

Calles como Vázquez Coronado, cubiertas por pétalos rosados, ofrecen una escena difícil de igualar. Es un lujo cotidiano, a menudo ignorado por quienes caminan absortos en la pantalla del móvil, perder la mirada en esas copas que parecen nubes de algodón atrapadas entre balcones y cables.

Mientras tanto, los alcorques de la Calle Ancha o la Vaguada de la Palma ya anuncian la primavera con el colorido de sus flores a ras de suelo, aunque aún quedan unos días para que los cerezos japoneses (Prunus Serrulata o Sakura) desplieguen toda su riqueza cromática. Cuando lo hacen, sus flores densas y rosadas transforman el ascenso hacia la Peña Celestina en un pasillo bajo arcos florales, uno de los paseos más singulares de la ciudad.

También en otras muchas vías del centro -Zamora, Íscar Peyra o Crespo Rascón p.e.- la vegetación empieza a imponerse al gris, confirmando que la estación ha llegado.  

Pasear por Salamanca en estos días es, en el fondo, recuperar el asombro. Recordar que la belleza no solo habita en la filigrana de la fachada de la Universidad, sino también en la fragilidad de una flor que apenas dura unas semanas antes de convertirse en confeti sobre el asfalto.

Es, en definitiva, una invitación a caminar sin prisa, sin destino, dejando que la luz filtrada entre las ramas marque el camino de vuelta a casa.

Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado

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