Próximo sábado en Salamanca
Posiblemente fuesen los zumos alcohólicos de la uva los que me sumieron en aquella visión escalofriante que me hizo pensar que me había atrapado algún túnel del tiempo.
No sé la razón por la que me encontraba en plena soledad recorriendo las calles traseras de las catedrales salmantinas.
El caso es que en las paredes de aquel vetusto callejón comencé a vislumbrar extrañas luces que tenuemente recorrían las fachadas. Aquella visión espeluznante me dio tal escalofrío, que me hizo temblar al sentir en tan extraña emoción un estado de pánico envolvente.
Creí haber sido atrapado por el abrazo del tiempo que me devolvía a la época medieval de las calles salmantinas, cuando comencé a ver como se acercaban aquellos espectros fantasmales vistiendo hábitos que abrían secuencias de pasajes ilustres, vividos quizás en otra época por el más que afamado don Alonso Quijano. También recordé abriendo la memoria que podría estar frente a la Santa Compaña (de la que tanto me hablase mi abuelo) la que venía a reclamar mi alma perdida por estas calles.
Del silencio de aquella procesión antorchada, surgieron repentinas voces gregorianas para congelar el rito nocturno de un ensueño que estercolaba el génesis ancestral del corazón de esta tierra. Era un regresar inverosímil al Medievo que en Salamanca besó con labios de verdad la historia.
Poco a poco fui descubriendo que eran frailes los que venían con aquellas antorchas hiriendo la noche y que en su pecho lucía con extrema sencillez una cruz franciscana. Parecían brotar del silencioso vientre de las tinieblas, cuando un leve sonido de tambores, me hizo suponer que iban acompañando a un reo camino del cadalso o a un difunto menesteroso para darle tierra.
Fue la belleza de aquella composición de luces y sombras la que fue despertando mi cordura y aquel temblor intenso que se desbocó por mis entrañas, cuando vi reflejada la sombra de un Cristo tumbado recorriendo con pulcra lentitud los lienzos de piedra.
Así caí en la cuenta de que a mi lado una adolescente miraba aquel crucificado, vertiendo por su rostro lágrimas que simulaban ser pétalos suaves de existencia.
Ella fue la que me contó que aquella cofradía estaba ligada a los Santos Lugares y que ninguna otra la igualaba en el gesto caritativo que cada año por cuaresma envía a los hermanos cristianos de la tierra más santa del mundo. De ahí su estética tan estrictamente humilde resaltaba la ausencia de flores y ornamentos llamativos.
Junto a Gloria (así se llamaba aquella compañera de recorrido procesional) fui gozando de aquella procesión de las antorchas, intentando procesar la belleza sublime que exhalaba una sencillez expandida en grado sumo junto a la humildad que justifica su existencia.
Fue así como descubrí el Cristo de la Humildad, que a lo largo de esta añada he visitado muchas veces en la iglesia de San Martín, descubriendo en su figura la sutil beldad que el arte infunde, cuando se descubre la creatividad del artista que a golpe de ingenio logró tallar los rasgos de lo sublime.
Una vez que cerró sus puertas San Martín, Gloria me llevó a contemplar la broceada escultura dedicada al maestro Churriguera, para hacerme saber que aquella grandiosidad representativa del pasado siglo, salió de las mismas manos que tallaron el Cristo de la Humildad que tanto me había impactado. Desde entonces el escultor Fernando Mayoral ha ido despertándome el interés por descubrir la importantísima obra de un artista tan relevante de nuestro tiempo.
El próximo sábado, al que llaman de Pasión, regresaré a las callejuelas salmantinas para sentir los ecos gregorianos de la Scola Gaudete zamorana, mientras entre las espectaculares lumbres de las antorchas, intentaré recobrarme otra vez en el prodigioso abrazo que solo puede brotar del palpito de un ensueño.
Por. J. Benedicto Carretero Fernández





















