Hay que despertarse antes de que el sol sepa que existe y ataviarse la mirada con ropaje franciscano. Han de mirarse los ojos de quien se levanta a nuestro lado y sentir, antes de nada, que estamos ante un espejo, mientras el aire aún bebe el arrullo de la noche y las farolas pespuntean constelaciones en los charcos. Escuchar el temblor de la piel vecina, aquella que fue nombrada en los telediarios de la madrugada como ajena, al tiempo que el metálico rumor de los motores de la ciudad se disuelve entre la bruma. La mejor hora para la siembra es antes de que salga el sol.
Hay que mirar cómo la luz se resquebraja en las ventanas y ver cómo ese destello limpio se cuartea en la piel de los heridos por las bombas escupidas por los locos y suicidas. Contemplar cómo los árboles bostezan suavemente, estirando sus ramas como dedos que buscan un abrazo, y sentir como propias las heridas en las piernas de aquel niño lejano y de mirada perdida de la foto que viste, aquellas piernas bajo los escombros de su casa derruida y cubierta por la ceniza de la demencia del poder sin límites del mundo.
Después, habrá que hacer del silencio una tela de araña: invisible, resistente, capaz de sostener el peso de mil voces. Permitir que el murmullo de la historia nos atraviese, dejando que cada sonido recuerde el milagro de estar vivo, un derecho que, tristemente, no tenemos todos. Porque hay quien decide qué vidas merecen ser vividas: el norte y el sur, los ricos y los pobres, el primer y el segundo mundo, los países sin riqueza y aquellos cuyos dones han despertado el deseo de la bestia.
Antes de liberar a las palabras -vestidas unas para un baile y otras con forma de cuchillo-, hay que dejar que los pulmones se llenen de agua de río y de aire nuevo. Imaginar, ingenuamente, que la voz es una semilla capaz de crecer y multiplicar su dicha; capaz, también, de crecer en la boca de quien escucha, como planta trepadora. Para ello habrá que elegir vocablos que sean refugios, adjetivos como remos, sustantivos que tejan puentes de musgo entre islas solitarias. Sí. Vocablos espinas que se claven bajo la piel de quien escucha, adjetivos que arañen sangrantemente la pupila, sustantivos constructores de puentes para que los abandonados de la tierra pasen por ellos y se acerquen a la certidumbre de una nueva vida probable y no posible.
Hablar también en el dialecto de la ternura y la caricia (tan maltratadas por su apariencia cursi), ese idioma sin fronteras que se aprende al mirar el horizonte con los ojos de alguien que nunca ha visto el mar. Para una buena siembra que acabe con la guerra has de dejar caer la rabia en un jardín de piedras y regar el olvido con lluvia de abril, hasta que florezcan los motivos del encuentro.
Si te rodean banderas como pájaros heridos y los gritos se enredan en tus tobillos, detén el paso. Recuerda que ningún estandarte te abrazará cuando la noche huele a miedo. Busca el eco de una risa compartida, el fulgor de una lágrima que no pide explicación. Acércate como quien se aproxima a una hoguera en pleno invierno: despacio, sin ruido, ofreciendo tu sombra como cobijo. La empatía es el hilo de oro que cose los bolsillos del alma donde guardamos los sueños rotos y las esperanzas siempre vivas.
Invoca la ternura como un rito antiguo. Como el bálsamo perenne de la tradición contra la guerra. Repite que te asquean las amenazas de unos contra otros, mientras los que mueren compartían sus molinos con el viento. Escribe cartas al Gobierno, a todos los gobiernos que manejan nuestros cantos, que amasan nuestros días como si fueran polvo de harina entre sus dedos. Deja notas en los buzones de los desconocidos, para ver si podemos gritar juntos que ya basta. Y sigue sembrando.
Siembra palabras en los puentes y que crezcan sus llaves, abandona sílabas blancas en los bancos de las plazas. Regala miradas que dejen pasar la luz y el viento. Recuerda que las guerras -que siempre las deciden otros, locos por ganar más, aunque tengan mucho que perder-, nacen donde olvidamos el sabor de la lluvia y la mano del hermano. Haz memoria, por tanto, de los instantes compartidos: una tarde de paraguas, un café que se enfría mientras conversáis de nada, el roce de una bicicleta en un camino sin destino. Guarda esos momentos en frascos de cristal, como talismanes que repelan el odio.
Si te encuentras frente a un muro, dibuja sobre él mapas de lugares que no existen, versos que sean escaleras, promesas que germinen y florezcan en la grieta. Construye puentes -siempre tan necesarios- de papel y camina sobre ellos, aunque se doblen bajo tu peso. Toda ilusión es semilla de esperanza.
Y cuando la noche caiga como un telón pesado, demasiado pesado incluso, enciende esa lámpara de la lucidez y de la resistencia que siempre guardas dentro. Y vuelve, imaginándolo, a un mundo donde las voces se entrelazan como raíces bajo tierra, y resístete a que sea olvidado; un país donde el eco de la violencia se ahogue entre el canto de los grillos y el perfume de las lilas en abril. Inventa futuros en los que la guerra sea tan sólo una leyenda que se cuenta para no repetirla.
No te canses de sembrar como modo de reconstruir la esperanza. E insiste, como cuando, de niña, volvías a reclamar con un grito o una lágrima aquello que querías, como si te fuera la vida en ello; como solo hacemos de niños, cuando lloramos sin miedo ni vergüenza a perder por jugar de farol. Ojalá conservásemos esa confianza en el grito cuando la vida nos va colmando de razones e, incluso, de malas cartas.
Haz de tu vida un manual inconcluso para desarmar los días: elige, cada jornada, el gesto que siembra paz, la palabra que acaricia como brisa, la mirada que rescate del abismo. Toda la paz que deseas está en ti mismo en la parte proporcional que el universo te concede de la armonía que todo lo gobierna. Recuerda que la guerra se desmonta con actos diminutos y valientes, que el amor es el único antídoto sin receta, y la esperanza el último hilo en el telar de la vida.
Mas si alguna vez te ves perdido de verdad, vuelve a este manual, respira la luz y comienza de nuevo, como si fueras la primera persona en descubrir el valor de la paz. Porque la paz no se hereda, se cultiva; y cada uno es jardinero, guardián, cartógrafo del imposible, tejedor de futuros donde el conflicto se disuelve en la artesanía de la belleza y el entendimiento.






















