Durante demasiado tiempo hemos mirado hacia otro lado. Se ha preferido pensar que ciertos discursos eran provocaciones aisladas o rebeldías pasajeras. Pero la realidad es clara: una parte creciente de nuestros jóvenes banaliza la dictadura, relativiza la represión y empieza a ver el autoritarismo no como un peligro, sino como una opción.
Esto no es una anécdota. Es un fracaso.
Un fracaso colectivo. Y, sobre todo, un fracaso educativo.
Durante años, se ha enseñado la historia sin alma. La Guerra Civil Española y la dictadura se convirtieron en un trámite académico: fechas, conceptos, exámenes. Se explicó qué pasó, pero no lo que significó. No se transmitió lo que implica vivir sin libertad, sin derechos, bajo el miedo. No se hizo sentir que el pasado advierte sobre el presente.
Y cuando no se entiende, se trivializa.
Ese vacío no permanece vacío. Lo ocupan las redes sociales, con bulos, medias verdades y mensajes diseñados para emocionar y manipular. Pero también lo ocupan partidos políticos que blanquean el franquismo y venden una nostalgia peligrosa, prometiendo orden y soluciones simples. La ignorancia y la desinformación se encuentran con discursos que apelan al miedo y a la frustración: ahí calan, y calan hondo.
Muchos jóvenes están construyendo su visión del mundo desde impactos emocionales: indignación, culpables claros, soluciones fáciles. Así es fácil caer en la trampa. Ideas como que el franquismo trajo prosperidad o fue eficaz, circulan sin contraste. No son errores inocentes. Son relatos que legitiman una dictadura como alternativa válida. Y funcionan porque la educación no les ha dado herramientas para desmontarlos.
No es culpa suya.
Han crecido en un sistema que no apostó por el pensamiento crítico. No se les enseñó a dudar, a contrastar, a incomodarse con la complejidad. Se les soltó en un ecosistema informativo agresivo, diseñado para manipular emociones, sin darles defensas.
El resultado: discursos simplificados, culpables claros, soluciones fáciles. Todo encuentra eco entre quienes sienten frustración. Precariedad, dificultad para acceder a la vivienda, sensación de futuro bloqueado… En ese contexto, los mensajes que prometen identidad y certezas no solo convencen: seducen. No exigen pensar. Exigen creer.
Y culpar a alguien.
El problema no es solo social. Es democrático. Cuando una generación empieza a considerar aceptable el autoritarismo, lo que está en juego no es una opinión más. Es la propia democracia.
Las redes sociales amplifican el problema. No solo difunden falsedades, sino que encierran a los usuarios en burbujas donde todo confirma sus creencias. Sin contraste. Sin matices. Sin fricción. En ese entorno, el extremismo no se percibe como tal. Se normaliza. Se convierte en identidad.
Ese es el punto crítico.
No podemos mirar hacia otro lado. La educación en memoria histórica, pensamiento crítico y valores democráticos no es secundaria. Nunca lo fue. La democracia no se mantiene sola. Depende de ciudadanos que la entiendan, que valoren lo que costó y que estén dispuestos a defenderla.
Y eso no nace por arte de magia. Se enseña.
Si no corregimos el rumbo, lo que vemos ahora no será un pico aislado. Será una tendencia: generaciones más vulnerables a la manipulación, más desconectadas del pasado y más abiertas a soluciones autoritarias.
Entonces ya no hablaremos de señales de alarma.
Hablaremos de consecuencias.
Por. Chenche Martín Galeano





















