Opinión

Salamanca: entre el escaparate y la despedida

Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a quienes de la apacibilidad de su vivienda han gustado.
Miguel de Cervantes

Salamanca siempre ha sabido quién es. O, al menos, eso nos gusta pensar a los salmantinos. Ciudad universitaria por excelencia, construida con piedra dorada y desbordante de historia en cada esquina. Un lugar donde el conocimiento no solo se transmite, sino que forma parte del paisaje. Pero basta detenerse un momento -un sábado cualquiera en la Plaza Mayor- para percibir que algo está cambiando.

Cada vez hay más visitantes y menos vecinos. Más maletas que bolsas de la compra. Más terrazas que portales abiertos. Salamanca sigue siendo hermosa, sí, pero empieza a parecerse peligrosamente a un escaparate: impecable, fotografiable… y cada vez menos habitada.

Y, en paralelo, se produce otra escena mucho menos visible pero igual de determinante: miles de jóvenes llegan cada año, se forman aquí y cuando están preparados para empezar su vida profesional, se marchan. No porque quieran necesariamente, sino porque muchas veces no tienen alternativa. Salamanca les da formación, pero no siempre les ofrece un futuro donde desarrollar un proyecto de vida personal o familiar.

Ahí está la paradoja que deberíamos atrevernos a mirar de frente: somos una ciudad que cultiva el talento en sus aulas y lo exporta en silencio por sus estaciones. Mientras tanto, el centro se llena de visitantes de paso y se vacía de proyectos de vida.

No se trata de demonizar el turismo -sería absurdo-. Se trata de preguntarnos qué modelo de ciudad estamos construyendo sin darnos cuenta. Porque una ciudad no es solo lo que enseña o lo que muestra, sino lo que permite que ocurra en ella.

Si el equilibrio se rompe, si el visitante pesa más que el vecino y la oportunidad menos que el selfie, el riesgo no es solo económico o demográfico. Es algo más profundo: perder aquello que hace de Salamanca un lugar vivido y no solo admirado.

Quizá aún estamos a tiempo de corregir el rumbo. De pensar en una ciudad que no obligue a despedirse a quienes mejor la conocen. De recordar que el verdadero patrimonio de Salamanca no está solo en su piedra, sino en la gente que decide quedarse. En la gente que quiere construir aquí su futuro y colaborar al futuro de todos desde esta ciudad.

Salamanca enhechiza la voluntad de volver a ella, escribió Cervantes. La pregunta, hoy, es otra: ¿seguirá siendo una ciudad a la que volver… o se está convirtiendo, poco a poco, en una de la que hay que marcharse?

Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado

1 comentario en «Salamanca: entre el escaparate y la despedida»

  1. Yo creo que intentar que se quedase toda la gente que estudia en Salamanca sería imposible de todas formas con que se quede un tres o un 5% de los estudiantes que estudian carrera en Salamanca yo creo que ya sería un triunfo estoy seguro que habrá muchos que se quieran quedar y no pueden tienen que ir a buscarse la vida donde haya trabajo

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