Opinión

A los leones

Un León en el Kilimanjaro, Kenia.

Pululaba hace años en algunos ambientes eclesiales una campaña animando al martirio a los sufridos feligreses como solución ideal e imitatoria  de tiempos lejanos para la guardia de las creencias y aumento de vocaciones. Se pedía casi el martirio con derramamiento de sangre a ser posible para apoyar al catecismo y hacer resurgir la verdadera fe frente a las hordas marxistas y ateas. La única salida estaba en dejarse triturar por los leones o similares fieras. Tiene que correr la sangre para que nazcan nuevos cristianos.

El martirio con padecimientos múltiples se vuelve a introducir hoy en las cabezas de ciertos clérigos y en algunos planes pastorales. Espero que nuestra jerarquía con su buena voluntad se incluirá también como carne disponible para estos circos. Yo desde luego que no. Conmigo que no cuenten ni con esta teología ni para estos mataderos.

Primero porque no estoy convencido de que esto del derramamiento sanguíneo sea del agrado de Dios. No lo fue ni cuando su hijo Jesús la vertió como destino final y lógico por sus palabras y obras. La divinidad no necesita de sangre para hacer nuevos creyentes. Hay muchos otros martirios más llevaderos, sencillos y diarios que tienen más enjundia evangélica y humanitaria y que hacen posible un mundo más fraternal y feliz.

Segundo, porque esto de arengar al martirio esconde una especie de miedo sectario, de impotencia creativa para anunciar y dar testimonio de otras formas más inteligentes y actualizadas. Hoy las causas no requieren sangre ni muerte sino vida, ilusión y algo más de neuronas para acertar con el cambio de los tiempos.

Y tercero, porque parece que somos ‘nosotros’ los únicos que tenemos ideales, plenitud de sentido, valores y la dichosa verdad que citamos para todo y anteponemos a la bondad y la misericordia. Que los otros nos atacan o desprecian porque son los malos de la peli, los perdidos y condenados con ganas de ajusticiarnos o de borrar nuestras huellas bautismales.

Yo lo siento pero no tengo vocación de mártir. Lo mío -como tantos otros- es ser vulgar, rutinario y anodino. Como me definía una señora opusiana (que en gloria está) yo soy “nada, nada, nada” por no coincidir con su visión tradicionalista de lo sagrado. Siempre me gustó esta triple titulación. Más que el resto de títulos universitarios que tengo colgados en mi cuarto de baño…

A mí que no me alisten para concluir en el estómago de cualquier bestia. Los estadios nunca me han puesto. Intentaré seguir dando el cayo humildemente, sin espectáculos circenses, siendo fiel a mí mismo, al Evangelio y a la Humanidad de hoy.

No me dirán que entre morir quemado, despellejado o de algún tiro en la nuca -aunque sea por causas nobles- y morir de cáncer o de infarto, como Dios manda, no es esto más apropiado y fino para nuestra especie… ¡dónde va a parar…!

Menos mal que hoy los leones ya no se emplean para estos menesteres.

4 comentarios en «A los leones»

  1. Hoy se pasa mucho miedo y estamos muy perdidos. Y no lo queremos reconocer. Lo disfrazamos de risas fingidas y eso nos atonta todavía más.

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