En todo caos hay un cosmos, en todo desorden un orden secreto. –Carl Jung
La teoría del caos nos dejó una advertencia tan simple como perturbadora: un gesto mínimo basta para desatar lo imprevisible. Edward Lorenz lo explicó con una mariposa.
Hoy ya no hacen falta metáforas. Porque el caos no nace del aleteo de una mariposa sino de las vibraciones del parche de los tambores de guerra que resuenan en Washington, en Tel Aviv y en otros lugares del planeta. Este caos tiene partitura y autores con nombre propio.
Durante décadas los europeos nos contamos que vivíamos a salvo. Que la guerra era un rumor lejano, una vieja fotografía en sepia. Pero el caos no entiende de fronteras: entra sin llamar y se instala donde más duele. Habita en la cesta de la compra, en la tiranía de la factura eléctrica y en ese pulso agónico de las hipotecas que estrangula la vida mes a mes.
Europa ya no es refugio. Es un territorio expuesto que paga conflictos que no decide y a los que no sabe oponerse.
Mientras el metal se funde para forjar el hierro de la muerte, las manos que deberían sostener lo esencial se quedan vacías. La escalada armamentística es un agujero negro que devora la sanidad que nos ampara, la educación que nos alumbra y la dignidad de quienes dependen de nuestra memoria. Se construyen muros de acero y se afilan bayonetas con el dinero que debería reparar los caminos y los raíles que nos unen.
El dinero cambia de manos y de sentido, del pobre al rico. El trasvase es obsceno: de lo común a lo bélico, de los hospitales a arsenales, de las escuelas a estrategias de combate. La escalada armamentística no es solo una respuesta: es una inercia rentable. Un negocio que se alimenta del miedo y se justifica con palabras solemnes mientras vacía lo esencial.
En nombre de distintos dioses sus autoproclamados profetas nos exigen sacrificios en el altar de la seguridad, pero conviene afinar la pregunta: ¿seguridad para quién?
Porque hay una constante que atraviesa la historia de toda infamia: los que agitan el tablero jamás pisan el barro. Ni los Trump, ni los Netanyahu, ni los Von der Leyen lo pisarán. Sus hijos no heredan trincheras, ni sus vidas dependen del precio del pan.
Ellos deciden por nosotros.
Y nosotros cumplimos la condena.
Y en esa distancia -tan limpia para unos, tan sucia para otros- se dibuja, con una precisión casi cruel, la verdadera anatomía del caos.
Y, a pesar de todo, hay que mantener la esperanza, porque como señala Javier Muguerza “lo contrario de la esperanza no sería la desesperanza, sino algo más próximo a la desesperación”.
Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado
Columna semanal de opinión. #Salamanca https://t.co/p71Xg9dpoh
— Miguel Barrueco Ferrero (@BarruecoMiguel) March 28, 2026





















