La guerra en Irán ha comenzado a pasar factura a la economía estadounidense. En marzo, la inflación escaló hasta el 3,3%, marcando su nivel más alto desde mayo de 2024. Este incremento supone un salto de nueve décimas respecto al 2,4% registrado en febrero, lo que refleja el impacto directo del conflicto en el coste de vida.
Según la Oficina de Estadística Laboral, el repunte mensual es el más agresivo desde el inicio de la guerra en Ucrania hace cuatro años.
La crisis energética: el motor de la subida
El principal factor detrás de este repunte es el sector energético, afectado por la inestabilidad en el estrecho de Ormuz. El cierre de esta vía estratégica ha provocado un efecto dominó en los precios:
- Energía: Los costes generales subieron un 12,5% interanual.
- Combustible: El precio de la gasolina se disparó un 18,9% en solo un mes, situándose ya en los 4 dólares por galón.
- Inflación subyacente: Al excluir alimentos y energía (los componentes más volátiles), el índice se situó en el 2,6%, apenas una décima por encima del mes anterior, lo que confirma que el choque es eminentemente energético.
El dilema de la Reserva Federal: ¿Tipos altos o economía débil?
Estos datos sitúan a la Reserva Federal (FED) en una encrucijada técnica y política. El organismo se debate ahora entre dos frentes opuestos:
- Enfriar los precios: Mantener o incluso subir los tipos de interés para encarecer el dinero y forzar la inflación hacia el objetivo del 2%.
- Proteger el crecimiento: La fragilidad del mercado laboral dificulta endurecer la política monetaria sin riesgo de recesión.
Por su parte, Donald Trump ha intensificado su presión sobre la FED exigiendo una bajada de tipos inmediata para reactivar una actividad económica ya castigada por las tensiones arancelarias y el actual conflicto bélico. Sin embargo, los analistas advierten que una reducción prematura de los tipos podría cronificar la inflación por encima de los niveles deseados.















