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Cervantes cierra sus libros después de casi 100 años

Es la librería más veterana de la ciudad, un referente para miles y miles de estudiantes que encontraron en sus estanterías los libros para su formación

 

La librería Cervantes abrió sus puertas hace casi 100 años, pero está a punto de echar el cierre. Era el edificio de la cultura, de los libros, del saber… Las rebajas de este año serán las últimas, porque comienza a liquidarse una vez que pase la festividad de los Reyes.

El Edificio de los Libros, donde se asienta la librería y la papelería, hace varias décadas se quedó pequeño y tuvo que ampliarse con un local situado en la plaza de Santa Eulalia. Eran otros tiempos. Después comenzó el declive y, aunque Cervantes mantiene un local en la calle Azafranal, no era tan inmenso como el que tenían a disposición de los lectores y estudiantes en la céntrica plaza.

La época dorada de Cervantes se puede situar en los años 60, con el despegue de nuestra Universidad, ya que eran el punto neurálgico para la obtención de libros universitarios, incluso era un referente para otras universidades españolas. Si no estaba en Cervantes es que no existía.

También fue muy importante en la época de la Dictadura de Franco, ya que la familia Sánchez Ruipérez era conseguidora de libros ‘prohibidos’.

En la actualidad, trabajan entre la librería y la papelería varias decenas de personas. Algunos de ellos, han desarrollado su vida profesional entre los libros, estanterías y paredes de este mítico Edificio de los Libros.

Enrique de Santiago recuerda la librería Cervantes: 

A las pocas horas de su comienzo se anuncia, algo ya previsto, o al menos conocido por algunos en el 2015, que esperábamos no se cumpliera el augur y que, finalmente, se ha confirmado: el cierre de la librería más emblemática de la ciudad y referente nacional, a la que he visto llegar personas de todas las provincias por ser el único lugar en el que se encontraba o te podían facilitar este o aquel libro de interés singular.

Un lugar lúgubre, sombrío, repleto de libros, con una trastienda triste, antigua, sin renovación, pero repleta de historia, cubierta de vida, de la vida que los libros aportan, de las personas que a ella acudíamos en pos de este o aquel manual profesional, esta o aquella novela y este o aquel ensayo de mayor o menor volumen, pero todos preñados de cultura, de lengua, de literatura en un ara del español, del castellano, de la palabra escrita, del medio de expresión que más rico ha sido en esta España nuestra que ahora tan denostada se encuentra.

Cuando la literatura era la tuerca que aunaba la cultura, la historia, la lengua y la nación más antigua del mundo, la que conseguía retorcer la lengua para obtener las más bellas articulaciones de la expresión, del sentimiento, de la conciencia, de la sabiduría y de la vida expuestas en libros, las librerías eran la catedral en la que se aposentaba ese corpus, y entre ellas Cervantes.

Su falta de transformación a los nuevos tiempos, la imposible superación de esa cultura sabia, elitista del siglo XIX y parte del XX, para acomodar sus estantes a una nueva literatura de café, de barra de bar o incluso de tálamo concupiscente o incluso de inexistencia de soporte, han hecho que Cervantes, como la lengua, como la cultura sólida y sesuda de otros tiempos, como el Titanic, se sumerja en las procelosas aguas de la modernidad y muera, arrostrando a su final a las familias que en ella vivían, a los libros, a las ciencias, a toda una forma de vida.

La muerte de Cervantes no es una novedad, es la confirmación de la muerte de una ciudad, de un estilo, de un modo cultural, de una época en la que la lengua, la tranquila transmisión de la sabiduría que cala hasta el tuétano era una forma de transformar la vida, que ahora pasa, pasa y pasa a la velocidad del rayo, de forma muy superficial, sin rozar siquiera la dermis y se pierde sin sentirse.

No es el bisiesto, es la falta de conocimiento, la poca preparación, la rapidez por vivir una vida sin otro sentido que el correr y correr, en la que nos falta el sosiego, la paz, la trascendencia precisa para superar lo viejo y potenciar lo vintage como un modo de transferencia de una esencia que, si no, se perderá.

 


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