De la sombra a la luzLocalPortada

La calle sin números

La calle Las Velas se encuentra entre Meléndez y la plaza de San Benito

 

Calle de las Velas con la iglesia de San Benito al fondo.
Es una calleja estrecha y corta. La calle de Las Velas se encuentra en pleno centro histórico, si vas por la calle Meléndez, antes conocida como calle de Sordolodo que mencionaba Fernando de Rojas en su Celestina, y atraviesa la calle de Las Velas, llegas a la plaza de San Benito

Ignacio Carnero escribía en su Callejero Histórico de Salamanca que esta calle es de las pocas, junto con las llamadas de La Fe, Domínguez Berrueta, La Garza, El Gamo y El Cisne que no cuentan con un portal de acceso a vivienda alguna.

A la lista descrita por Carnero hay que añadir la avenida de Jesús Málaga en el barrio de los Alcaldes, que es larga, pero que por un lado de la acera tiene un parque y por el otro, los laterales de los edificios, pero al igual que la calle de Las Velas y las otras mencionadas por Carnero, tampoco tienen número. Málaga bromea diciendo que así no llegan cartas con malas noticias a su avenida.

La calle de las Velas vista desde la plaza de San Benito.

Esta calle tiene su importancia en la historia de Salamanca. Es conocida con este nombre porque en ella se realizaban las vigilias o vigilancias, -que también recibían el nombre de velas-, cuando la iglesia de San Benito fue albergue de uno de los bandos nobiliarios rivales, ‘Los Manzanos’.

El otro bando eran los seguidores de Enríquez. Las dos familias  dividieron Salamanca en el siglo XV. Cuenta la historia, mezclada con leyenda, que el origen de las disputas entre las familias ocurrió en 1465, cuando los hermanos Manzano discutieron con el menor de los Enríquez, y lo mataron.

Pero, no quedó aquí la cosa. Los hermanos Manzanos creyendo que el mayor de los Enríquez se tomaría la justicia por su mano, y decidieron tomársela ello, por lo que le dieron muerte a éste y huyeron de Salamanca.

La calle de Las Velas vista desde la calle Meléndez.

María Rodríguez de Monroy, madre de los difuntos hermanos Enríquez, y un grupo de 20 hombres fue tras ellos y los encontraron en Viseu, Portugal. Allí le dieron muerte y los decapitaron. María Rodríguez de Monroy mandó decapitarlo y trajo las cabezas de los hermanos Manzano hasta Salamanca y las depositó en las tumbas de sus dos hijos. Desde entonces se la conoce como María La Brava.

Salamanca se dividió en dos bandos: Los de Santo Tomé,-actual plaza de los Bandos-, que son los seguidores de María La Brava -Los Enríquez- y los de San Benito, Los Manzanos. En medio quedó la hoy llamada plaza de Corrillo, que recibe este nombre porque los salmantinos no se atrevían a ir de un bando a otro y comenzaron a crecer corrillos de hierba.

Una década después de los asesinatos, llegó la calma, en cuya pacificación intervino el agustino fray Juan de Sahagún, quien, se convirtió en santo y en el patrón de la ciudad.

 

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