Opinión

Certeza y presagio

Certeza, según el DRAE, es conocimiento seguro y claro de algo. Presagio consiste en adivinar la verdad a futuro por medio de señales que se han visto o de intuiciones y sensaciones. Podríamos decir, sin temor ni exceso, que el presagio es una certeza en estadio embrionario. Llevamos, por distintas razones y desencuentros, demasiado tiempo repudiando la cordura para asirnos al desatino con auténtico deleite. A su vez, todos ellos enmascaran (o no, ¿quién sabe?) el juicio, buscan desesperadamente crear bloques porque consideran camino fácil, eficaz, para encontrar sabrosos dividendos. Olvidan, tal vez voluntariamente, que las divergencias desmedidas, beligerantes, suelen derivar en odios irreconciliables. Lo expresó lleno de fondo, sin factibles correcciones, Antonio Trabucchi cuando afirmaba: “Las personas llenas de certezas, son gente terrible”. Dibujan -aparentando lo contrario con campañas insidiosas, corruptoras- el totalitarismo.

El año nuevo, aparte parabienes y deseos que conforman una arcaica tradición, llegó cargado de enigmas fraguados con urgencia infantil, como se ha visto después. Sin embargo, premura e inquietud redujeron embriaguez o repulsión en los preliminares de la investidura, rematada con plena normalidad. Sorprendía, es verdad, que sus señorías apenas tuviesen tiempo para familiarizarse con las cabalgatas reales, ni muchos pudieran dormir a pierna suelta. Cierto que la retórica hiriente de unos y otros no presagiaba ninguna transacción (acordada a priori) tranquila y, menos, segura. Presiones hubo, tantas y tan diversas que nadie -desde mi punto de vista- pudo sentirse víctima en puridad porque desconocíamos beneficios o quebrantos puestos a juego. Igual, frase preferida por uno de mis nietos, fuera injusto si calificara el Parlamento lonja del pescado político o taberna donde se citan los “valentones” de barrio.

No cabe duda del retorcimiento semántico hasta convertir un vocablo en su reverso, sin apenas notarse, o intenten “depurarlo” a través de un cedazo estúpido. Por ejemplo, llamar “democracia” a lo que se despliega dictadura; “progre” a lo más reaccionario; “feminismo” a una ejecutoria machista y ramplona. Viene al pelo un botón de muestra. Días atrás, un señor anciano se manifestaba con bandera, pancarta y alguna aclamación legal, a la puerta de Ferraz. De improviso, alguien ordenó que dos policías conculcaran sus derechos reteniéndolo, de forma mejorable, unas horas. ¿Esto sucede en cualquier democracia consolidada? No, solo donde la arbitrariedad se justifica con argumentos inválidos e ignominiosos. Culpo sobre todo a medios de comunicación audiovisuales que han trocado un débito social por alguna sinecura económica o, más grave si cabe, a cambio de estatus indebido, ancho, gratuito.

Los mensajes que el Parlamento venteó a partir del día cuatro, trasladaron al común intranquilidad. Advertimos cómo el presidente Sánchez llenaba la Cámara de vacuidades y propuestas, aun compromisos, sencillamente imposibles. Mentir, en él, deja de ser aditamento coyuntural para convertirse en sustancia metafísica. Después, cuando el constitucionalismo serio le zarandeara por sus espinosas huellas marcadas al pisar tanto lodazal, se exhibía roqueño, cínico, casi insolente, y a renglón seguido (aprovechando su turno de réplicas y contrarréplicas) la demagogia, diseñada en pomposo laboratorio social, se adueñaba del Hemiciclo al compás de aplausos serviles y protestas airosas. Cada cual bordó su papel; unos, pertrechados de lógica, abrazaron la excelencia. Otro, sin escape donoso, siguió su trayectoria habitual desempolvando, una vez más, el intento osado de hacer comulgar a afines y distantes con ruedas de molino.

El pueblo español atesora desde hace años indicios que llevan directamente a presagiar la rastrera realidad de un Sánchez con parecidos escrúpulos a los aireados por ERC. España le importa un bledo

Hubo, asimismo, actitudes y manifestaciones que debilitaron el ego del ahora confirmado presidente. Rufián, adoptando arrogancia tabernaria, retó con insistencia (quizás recochineo) al candidato: “Si no hay mesa no hay legislatura” constituyó el estribillo que restregaba a la cara de un Sánchez frío. Embebido por un protagonismo antinatural, añadió como puntilla: “Dijimos que sentaríamos al gobierno de España en una mesa de diálogo y es lo que hemos hecho”. El gobierno era él, Sánchez. Pobre Rufián, no sabe con quién se la juega.  Sabíamos que a ERC España le importa un comino, pero tuvo que venir Montserrat Bassa para constatarlo. Y no hablaba en nombre personal, qué va, lo hacía representando al partido. Aquel: “Me importa un comino la gobernabilidad de España” certificó también las indignidades (en plural) de promesas incumplidas. Bildu, aparte sus lecciones sobre “derechos humanos”, amenazó: “Sin nuestros votos, y sin atender las demandas de nuestras naciones, no hay ni habrá gobiernos de progreso”. ¿Estamos o no vendidos, pese a negar ciertos pactos?

El pueblo español atesora desde hace años indicios que llevan directamente a presagiar la rastrera realidad de un Sánchez con parecidos escrúpulos a los aireados por ERC. España le importa un bledo (así evito el sustantivo escatológico). Tanto apremio en la investidura a fin de “parir”, aunque fuere con cesárea, ese gobierno cuya urgencia se viene implorando desde el 29-A; ahora, incomprensiblemente, se retrasa una semana. ¿Constatación de un incumplimiento más o correctivo simbólico? Desde luego comedimiento prudente, no; mínimo, anomalía. Sabemos con certeza que este gobierno -pese a las argucias de su presidente- se encuentra maniatado, a expensas de varios acreedores que le exigirán nuevos y más onerosos peajes si quiere perdurar. Además, es un monstruo con dos cabezas asistidas por egocentrismos dispares cuando no directamente homicidas. Más allá del insomnio nacional y correligionario, trasciende un presagio general: Iglesias se zampará a Sánchez entre farsas, traiciones y desquites.

Escribía Xavier Velasco, escritor mejicano, con atinada precisión: “Una vez más, la nada parecía destino hospitalario para un demoledor de sus propias certezas. La nada era una prórroga, una tregua, una hipoteca”. Parece una premonición sobre quien no hace tanto clamaba sobre la casta. Estos días, Pablo Iglesias se pronunció en estos términos: “A los togados que pongan por delante su ideología reaccionaria, respecto al derecho, el gobierno de coalición defenderá la democracia con la Ley”. Anuncia su nada judicial invocando una judicatura que deberá someterse forzosamente a los principios “progres”, tal vez velando aportaciones totalitarias, cuya titularidad viene legitimada por la tiranía. Ahora es un presagio, mañana probablemente sea una certeza irreversible.

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