Opinión

Todos eran nuestros muertos

 

El verano más asfixiante de nuestras vidas nos cerca con su poderío de calor mientras, enmascarados, vemos como empieza a darnos zarpazos la rutina.

El bicho, como no sabemos por dónde asomará los cuernos, puede hacernos creer que a lo mejor se las ha pirado harto de tanta higiene. Y así nos vamos metiendo a velocidades vertiginosas en los zocos del olvido, con el ánimo de abrir alguna ranura que nos pueda llevar hacia la esperanza.

Y es ahora, cuando la tranquilidad va sacudiendo las alfombras de la adaptación a esta tregua que nos ha dado el monstruo, cuando empiezan a retorcerse bajo la tierra los muertos. Porque aquí hubo miles de muertos arrojados a los hoyos de la indiferencia, y bochornosas artimañas que manosearon las estadísticas con la asquerosa intención de que fuésemos aceptando la manipulación como parte del proceso.

Hubo noches interminables, durante la reclusión preventiva, para muchos, muchísimos familiares que vivían el más cruel de los desasosiegos. Aquellas duras experiencias se han ido convirtiendo en ásperas sogas que cuelgan del cuello de sus memorias. Eran los amargos días en que la gente de su sangre estaba cruzando en soledad la última mirada de la vida con los ojos de la muerte. Es nauseabundo que, quienes han perdido a sus seres queridos, tengan que mendigar papeleos en la indecente burocracia, para poder demostrar que fue el virus quien, en un momento de la desastrosa previsión sanitaria, se llevó por delante al familiar de turno.

No puedo dejar de preguntarme en qué lugar de la decencia podemos olvidar este drama que fondea en las miserias políticas que tejen telas de araña tratando de envolvernos en la desmemoria, bajo el imperio de la mentira que, como estrategia, busca borrar de la faz de nuestra reciente historia a los muertos.

Una y otra vez rememoro la escena vivida por unos amigos que solo pudieron ver cómo entraba el ataúd de su madre en el horno. Al día siguiente, con el espeluznante sonido de sus tacones detrás del coche funerario, vivieron un momento falto de humanidad y vacío de comprensión. El enterrador, cumpliendo estrictas órdenes, dictadas con falta de tacto, se cuadriculó en la rigidez más deshumanizada, conminándoles a que abandonasen con urgencia el cementerio. Me decían: tuvimos que rezar un Padrenuestro a la velocidad de un bólido de formula 1 mientras nos echaban del campo santo.

Era el momento más duro de la pandemia, de una pandemia que nos ha dejado ver las espaldas de los héroes sin rostro, mientras teníamos hartura de visionar a todas horas el careto de los charlatanes de turno.


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