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Resina y la destrucción de la verticalidad

 

Recuerdo con frecuencia aquella máxima con la que Antonio Lucas Verdú atizaba a los salmantinos, afirmando y demostrando desde su lógica interesada que ninguno de los destacados había nacido en Salamanca. Comenzando por él, que le nacieron en Cuenca. Algo de razón tenía, porque Salamanca ha sido siempre una ciudad que sabe naturalizar como suyos a quienes se afincaron en las riberas del Tormes. Algo parecido me decía hace unos días, sin la solemnidad del viejo profesor, Francisco Resina, un pintor abulense adoptado por Salamanca. Vino a estudiar Bellas Artes y acabó quedándose.

A Resina le conozco desde hace pocos años, aunque parezca de toda la vida. De fácil trato y larga conversación, las horas mueren inmisericordes hablando con él sobre el arte y los artistas. Vive del arte en la medida que se dedica a enseñarlo y su vida gira en torno a pintura, su pasión. Una vocación que nació en la adolescencia junto a Arturo Martínez, abulense adoptado que recaló también en Salamanca, este como catedrático en la Facultad de Bellas Artes. Con él se inició ese lenguaje del realismo expresionista que tanto marcó sus primeros años tras la licenciatura, antes de evolucionar hacia una abstracción nacida de elementos geométricos reales a los que acaba despojando de cualquier significado. Me decía, en una de las últimas conversaciones, que la recuperación del volumen, plasmada en los monotipos tridimensionales con estampaciones en papel y cristal que pudimos ver en la exposición de El Cuchitril, había llegado con el primer confinamiento.

Francisco Resina, pintor abulense adoptado por Salamanca.

La pena es que esta obra no haya tenido más presencia en la ciudad que unas cuantas exposiciones colectivas. Realmente, quien no vive de la pintura tampoco tiene necesidad de postularse. Pero si analizamos la silente trayectoria de este autor, llama la atención su paso por aquel grupo que sin demasiada fortuna intentó renovar el arte en la ciudad de los Caballeros desde la Asociación de Artistas Abulenses, o los nombres de quienes le rodearon en sus balbuceos como pintor. De aquella promoción que cerraba el siglo en Bellas Artes salió un espigado ramillete de buenos artistas. De entre ellos sobresalen su compañero de andanzas en los inicios, Javier Pérez, muy reconocido en Ávila, nuestra apreciada y muy bien considerada Paloma Pájaro, Víctor Solanas, que se mueve entre el realismo y un arte conceptual que no desdeña el Op, Guillermo Sésamo, especializado en los concursos y el reivindicativo artista urbano Silvestre Pejac. Son nombres a tener en cuenta.

 

Vivir de la obra es siempre la aspiración del creador, aunque no depender de ella tiene también la ventaja de que el artista hace lo que quiere y lo disfruta con quien quiere. Lo hemos comprobado en Resina al descubrir junto a él cómo explora últimamente las posibilidades de renunciar a la realidad mediante la ruptura de la verticalidad. La perspectiva lineal hace converger las horizontales mediante los puntos de fuga, pero las verticales mantienen los paralelos. Por eso, al romper con lo vertical, Resina consigue una original renuncia a la figuración. Es lo que tiene la pintura, que en cada artista descubrimos algo novedoso que nos lleva a cavilar.

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