Opinión

Holas dubitativos y adioses de mentira

 

¿Te apetece una de érase una vez? Venga va, si insistes…

Érase una vez, hace muuuy poco tiempo, en un lugar muy cercano, un Adiós que se encontró más bonito que un Hola.

Le sucedió a unos seres extraordinariamente ordinarios. Lo vivieron así por su curiosa manera de bailar con las propias expectativas. Terminaron por convencerse de no hacerles mucho caso, acordaron que todo lo que habita en el mundo de las ideas es ideal, pero no sirve para mucho más que para hacerse una idea.

Se presentaron en el día, hora y lugar señalados, justo dónde y cuándo eran esperados. Todos acudían por primera vez. Ninguno se sabía. Todos empatados a esas alturas de partido, lógico cuando el árbitro aún no se había llevado el silbato a la boca por primera vez.

– Hola -, se declararon los unos a los otros. Los subtítulos, en cambio, decían; “seres que tengo delante y detrás, a derecha e izquierda, he traído los ojos puestos, os veo. También las orejas, así que quizá incluso os escuche”. Porque un hola no es mucho más que eso, para ser honestos. Son palabras gratuitas, como “gracias” o “disculpa”. Suman y no cuestan absolutamente nada, siempre nos quedará otro par en los bolsillos por muchas que gastemos.

Fueron pasando los días, pero el hola permanecía inmutable, así que no pudo sino cambiar. Ése hola… Fíjate, déjalo salir de dentro, a pleno pulmón, no, no subas la voz, no hace falta, simplemente deja que se deslice desde tu garganta hasta que se mezcle con el aire que respiras, que baile fuera de ti… Fíjate, capaz de generar ojos nuevos en quien tienes enfrente. El primero no cuenta, es de prueba. Quizá no valga mucho hasta la vez 29. Pero un día… No leas, escucha. Hola.

En ciertos casos, cada Hola nos acerca un pasito más a su reverso tenebroso, el Adiós. Un Adiós que está harto. Harto de ser el patito al que no se le permite ser cisne, aunque en todas las ocasiones salvo la última, siempre lo es. Un cisne majestuoso. El amo del estanque.

Lo sabe y no se cansa de revelárselo a quien decide ver su largo cuello. Te lo dirá tantas veces como tropieces con él. Solo tienes que detenerte un segundo y escuchar.

Como la Puerta y el punto final de un libro. La primera porque cierra una estancia, el segundo porque tras él solo quedan la ya leída contraportada y la estantería.

Adiós, aun incrédulo, lo acepta. Puerta y libro. Lo que la puerta cierra, la puerta guarda. Para eso existen las puertas. Para abrirse de nuevo una vez cerradas. Para eso existen los libros, para que en silencio descansen las palabras. Para mostrarse de nuevo, diferentes, tantas veces como acudas a sus páginas.

¿Adiós? Hola.

Für diese neue Familie. Vielen Dank.

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