Opinión

Los boomers

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Debemos suponer que el error arranca de considerar a los boomers (en general) como la representación simbólica de un poder que aplasta. El error se incrementa al no ubicar correctamente ese poder demoledor que nos hace a todos (jóvenes y adultos) trizas. Parece como si la esperada y pasajera rebeldía juvenil ante el padre biológico hubiese reemplazado a la no menos esperada y necesaria rebeldía contra el poder de verdad. Al no identificar correctamente la causa de su malestar, el sujeto rebelde juvenil se revuelve contra su abuelo y se vuelve así inane. De ahí a ver en las manifestaciones, de verdad rebeldes, muchas canas y pocos piercings solo hay un paso.

Aunque la posmodernidad que desprecia la razón tiende a confundir casi todo, los «boomers» no son, digan lo que digan algunos, una especie exótica, y mucho menos una clase de fieros depredadores al estilo de Elon Musk o Donald Trump, sino un concepto aleatorio para ubicar en términos cronológicos a unos humanos demasiado humanos.

Según una tesis puesta de moda, la vida de los boomers ha sido y sigue siendo una vida cañón. Sobre este aserto que se presenta como indiscutible, ya muchos analistas han planteado sus dudas razonables. Lo cierto es que los boomers se han convertido en nuestros días en un objeto de estudio que da mucho juego. De estudio socioeconómico básicamente. Lo cual a mí juicio es un error. Creo que deberían ser objeto de un estudio antropológico más amplio y profundo, incluso con su capítulo folclórico.

Estos especímenes de la raza española que ya peinan canas, si es que peinan algo, fueron en su tierna infancia expertos -y esto es importante señalarlo- en sacar a los grillos de sus huras, bien por métodos mecánicos, bien por métodos escatológicos (mear dentro de la hura era el último recurso, sí, pero infalible). Lo cual no es cosa baladí, sino un rasgo generacional que marca carácter, además de un logro cultural que no debe perderse en el olvido y que junto a otros ayuda a completar su imagen.

El estudio socioeconómico que ha puesto el foco en los boomers y que no entiende de romanticismos y folklore rústico, va dirigido principalmente a echarles la culpa de todo lo malo que nos pasa ahora, lo cual es un objetivo fácil. Desde luego mucho más fácil que echar el freno al capitalismo depredador, a los fondos buitre, al cambio climático, o a Donald Trump. La culpa es del boomer, padre o abuelo, jubilado o prejubilado, pero boomer. Empezando por la culpa de sobrevivir y en algunos casos llegar a viejos. Una culpa que, dicho sea de paso, los boomers no han podido evitar, ya que forma parte del «conatus» natural y saludable descrito por Spinoza, el más sabio de los filósofos modernos que, como era de esperar, en la posmodernidad ya no se lee.

¡De todas formas se van a morir! dirán los más despiadados y despiadadas. Sí, pero no hay por qué precipitar los acontecimientos.
Esta interpretación sesgada de la problemática socioeconómica española que carga toda la culpa de nuestros males en los boomers y los jubilados, nos trae resonancias de un cierto y no declarado darwinismo social, tipo «La balada de Narayama», película japonesa muy explícita en cuanto al tratamiento de la última etapa de la vida.

No sabemos tampoco si este interés sobrevenido en los boomers y los jubilados españoles, parte de un objetivo asépticamente académico de la ciencia económica, o más bien responde a un objetivo comercial, como por ejemplo incorporar las pensiones al igual que ha ocurrido con otros derechos (sanidad, educación…) al juego neoliberal de la especulación y el lucro, con el objetivo final y habitual de la estafa colectiva. Es muy probable que este sea el objetivo no declarado de esta campaña de acoso y derribo del boomer español, en consonancia con la tendencia
general de marcado signo ultraderechista y neoliberal.

No obstante los boomers, que según estas teorías posmodernas son una especie de crueles antropófagos que se comen crudos a los niños, también tuvieron una infancia, como todo hijo de vecino.

¿Cómo fue la infancia de estos boomers que dicen algunos ahora que se pegan la vida cañón? Pues en algunos casos bien documentados, sus infancias boomerianas estuvieron llenas de brechas, piteras, y descalabros varios, cosas que se pillaban al aire libre.

Había casas más o menos dignas en aquellos barrios obreros de entonces, y muchas calles sin asfaltar. Y ellos crecían allí, al aire libre, más o menos
espontáneamente y expuestos a todo tipo de contactos con la realidad. Pero también había mucha poesía, amistad, y solidaridad.

No pocos de ellos pillaron los últimos coletazos de una alimentación insuficiente y precaria, mezclada en algunos momentos cumbre con leche en polvo americana, literalmente repugnante. Restaurante era una palabra de origen francés.

Esta palabra por cierto -restaurante- me dice la IA que se popularizó en París en 1765 cuando un mesonero llamado Boulanger vendía caldos reconstituyentes con un eslogan en latín: «Venite ad me vos qui stomacho laboratis et ego restaurabo vos» («Venid a mí los de estómago cansado y yo os lo restauraré»). Lo cual no sé si es verdad pero suena hasta evangélico.

El caso es que nuestros boomers infantiles, dentro de la necesidad, se divertían sin orden ni concierto, porque aparte de la caza de grillos y avistamiento de nidos de pájaros, podía ocurrir que pasasen por sus calles (sin asfaltar) una tropa de bohemios húngaros que al son de trompetas marchosas hacían subir una cabra a un trípode de cumbre estrechísima, donde quedaba plantada la cabra en perfecto equilibrio inestable, y luego pasaban la bandeja para la propina de aquella pobreza. La cabra se llamaba «Gerardo». Lo del género de la cabra ya no sé decir.

O pasaba un lechero con un caballo percherón de luengos mechones rubios, que tiraba de un carro alto donde se alojaban unas cubas metálicas con leche tintineante. ¡Deme un cuartillo! Y aquello era divertido, y el caballo percherón digno de ver, porque parecía esculpido por el mismísimo Miguel Ángel, todo músculos.

Y no te digo si lo que había en el barrio era un bautizo y al padrino rumboso le daba por tirar paciencias y caramelos desde la ventana a la calle (sin asfaltar) donde se arremolinaban los chiquillos para recoger a la rebatiña aquellos tesoros volantes, algunos de los cuales no tenían tiempo ni de aterrizar.

También pasaba por la calle, con ritmo estacional, como las aves migratorias, un inválido argentino que cantaba tangos muy bien, acompañado de su mujer, que era la que se encargaba de solicitar y recoger la propina. Y más a menudo una pescadera con una canasta de mimbre en la cabeza que mientras recorría la calle (sin asfaltar) anunciaba con voz cantarina su producto: sardinas y boquerones.

Otrosí llevar la ropa remendada no llamaba la atención en aquel tiempo infantil de los boomers porque era bastante habitual, ecológico, y pragmático. Al menos tan habitual como tener sabañones porque muchas de estas casas, si no casi todas, carecían de calefacción. Y en cuanto a viajar, era algo que solo hacían los extranjeros y los ricos.

La verdad es que todo era bastante precario y doméstico, pero a nivel de barrio, que en la perspectiva infantil era todo el cosmos. Para qué más. Esa era la tierra y encima estaba el cielo infinito.

Eso sí… había tebeos, peonzas y canicas, y tierra sin asfaltar para jugar al clavo o al gua, que si lo comparas con las tablets, las redes sociales y otras milongas posmodernas, aquellas promociones infantiles salen -creo- ganando. Quien lee tebeos acaba leyendo libros y eso siempre es bueno para, llegado el caso, rebelarse contra el poder de verdad.

Además quien tiene barro en la calle (sin asfaltar) no solo se mancha las botas Katiuskas sino que acaba amasando a mano sus propias canicas para cocerlas después en la chapa de la cocina. Entonces no había «vitro», había «chapa». Soluciones infantiles para un optimismo vital a prueba de fango.
No obstante -todo hay que decirlo- los boomers son gente analógica y posanalógica que en algunos casos han evolucionado desde el pizarrín de lata en su tierna infancia a la tablet digital siendo ya adultos jóvenes. Son por tanto una especie de dinosaurios a los que el meteorito digital no logró extinguir. O sea gente muy adaptable y que han visto muchos cambios y muchas cosas. A lo mejor esa es la clave de su éxito evolutivo. La sorpresa y la curiosidad constante.

Conviene aclarar que siendo jóvenes en edad de merecer, los boomers estrenaron en España por todo lo alto el paro y los contratos basura, productos ambos del neoliberalismo depredador. Fueron los pioneros de esa precariedad estándar del modelo único y sin alternativa que desde entonces no ha parado de causar estragos. De hecho, muchos sobrevivieron a todo eso, aunque ahora están amenazados de muerte porque -dicen- duran demasiado, cobran pensiones, y se pegan la vida cañón.

Dicho lo cual hay que decir también que en todo tiempo y lugar, para que la vida rule y florezca, es imprescindible que los jóvenes puedan acceder a una vivienda digna y asequible, a poder ser con ventanas y calefacción, entre otras cosas para no tener sabañones. Pero también a un trabajo que no les explote. Lo cual mucho me temo que no se consigue echando la culpa de todos nuestros males presentes y futuros a los padres y abuelos de uno, sino exigiendo esos derechos que se van perdiendo y escamoteando uno tras otro a quien tiene el poder de sustraerlos o mantenerlos, y que desde hace tiempo sustraen mucho y mantienen poco, obedeciendo en esto como en todo lo demás a las órdenes plutócratas e inapelables de los muy millonarios.

Desde luego tomando por ídolos de la posmodernidad juvenil y rebelde a carcas como Ayuso y Abascal, que son el puño mamporrero del capital explotador, o a influencers que practican la evasión fiscal, no vamos a ningún lado. Ni ellos ni nosotros.

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