Digamos una obviedad: teocracia y democracia son incompatibles. Son como el agua y el aceite, que se repelen mutuamente. Aún así hay laboratorios un tanto tenebrosos que intentan de vez en cuando esa mezcla y siempre les sale un mejunje.
Nada de esto debería extrañarnos, porque en la teocracia el régimen de gobierno se basa en un ente de ficción y sus supuestos mandatos, mientras que en la democracia ocurre algo muy distinto, pues se basa en un acuerdo entre ciudadanos y entre estos y la realidad.
Es natural que el ser humano se interrogue y especule sobre lo trascendente, y de esa inquietud natural derivan la filosofía, la religión, la teología, o la mística. Puede que incluso una parte de la poesía derive de ahí. El problema surge cuando a ese trascendente inaccesible y metafísico se le da forma concreta, se le convierte en instrumento de poder y se le pone a firmar decretos, obligatorios para todos.
La teocracia abundó en el pasado y fue el eje de civilizaciones antiguas. Sus secuelas actuales deben considerarse como un fósil de etapas superadas.
La teocracia por tanto corresponde a un tiempo que -gracias a Dios- dejamos atrás. La democracia sin embargo es cosa del presente y del futuro.
No seamos tan pesimistas como para creer que el autoritarismo actual va a echar raíces y a «perfeccionarse» con rasgos teocráticos. Hay cosas que no vuelven, o al menos eso espero.
Y sin embargo, a ese retorno es a lo que apuntaba Steve Bannon cuando dijo recientemente que Trump es un instrumento de la «divina providencia». Barbarie posmoderna en formato medievo.
Cuando la religión se mezcla con el poder político como ocurre en el Irán de los ayatolás o como ocurrió en la España de Franco, los efectos suelen ser calamitosos, tanto para el poder político, que deja de ser democrático y pierde su legitimidad, como para la religión, que deja de ser religión para convertirse en un instrumento de dominio y poder.
La masacre que estamos viendo estos días en Irán contra los manifestantes que protestan en busca de libertad, lo dice todo y sobran las palabras. Los asesinados son muchos y es una represión que se repite desde hace ya tiempo.
Hay civilizaciones muy antiguas, con una tradición muy rica, que precisamente por eso albergan una gran fuerza cultural que las hace avanzar de forma imparable hacia un futuro mejor, en ocasiones muy distinto de su pasado. Pero en este proceso natural de evolución hacia la democracia y hacia perspectivas culturales e intelectuales más amplias y ricas, siempre se encuentran con la oposición de los guardianes de las esencias. Entendido lo de «esencias», en este orden de obstáculos, como lo peor y más retrógrado del pasado, y no como lo más positivo y aprovechable de él.
Ocurre con las culturas lo mismo que ocurre con los seres vivos. Nosotros mismos, como seres vivos enraizados en formas de vida más antiguas y primitivas, albergamos en nuestro cerebro más evolucionado, un cerebro más arcaico y primitivo, un cerebro «reptil», útil para ciertos cometidos, pero que no podría sustituir de ninguna manera la función, la plasticidad, y el dinamismo adquiridos después por nuestro cerebro a lo largo de nuestra historia evolutiva.
Y esto es lo que ocurre en Irán, condicionado y limitado en su avance por los que se consideran guardianes de las esencias y de la tradición, que defienden todavía como régimen político la teocracia. Y lo que ocurrió también antaño en la España de Franco por motivos similares. Ambos sistemas hicieron o hacen todavía en el caso de Irán, un uso generoso de la represión para imponer un régimen autoritario y absurdo.
Casualmente coinciden también ambos escenarios históricos y políticos, separados en el tiempo, el Irán de los ayatolás y la España de Franco, en la
opresión y sumisión de la mujer, y una negación de su autonomía, de su libertad, y de su igualdad de derechos.
Que en Occidente hemos arrastrado algunos de estos rasgos arcaicos hasta tiempos relativamente recientes, lo vemos perfectamente descrito en la película «El orden divino», de la directora Petra Volpe, en la que se nos informa que las mujeres suizas no consiguieron el derecho al voto hasta 1971. Y en España sin ir más lejos, ni hombres ni mujeres consiguieron ese derecho al voto hasta después de la muerte de Franco en 1975 y el fin de la dictadura.
Lamentablemente Irán sufrió en el pasado otras etapas de ausencia de libertad política tan autoritarias y represoras como la que ahora padece bajo el régimen de los ayatolás, como ocurrió durante el régimen del sah Reza Pahleví, monarca absoluto y dictador apoyado por Estados Unidos. Es conocido que en el golpe de Estado de 1953 en ese país, la CIA y el servicio secreto británico jugaron un papel determinante: «Según los documentos y registros desclasificados de la CIA, algunos de los mafiosos más temidos en Teherán fueron contratados por la CIA para organizar disturbios pro sah el 19 de agosto. Otros hombres pagados por la CIA fueron llevados a Teherán en autobuses y camiones, y se apoderaron de las calles de la
ciudad» (Wikipedia).
Por eso resulta tan incoherente y contraproducente que un hijo del sah haya aparecido estos días en el escenario como queriendo representar algún tipo de avance. Y contraproducente es también que el gánster a los mandos del mundo, Donald Trump, que pisotea la democracia en su propio país y desprecia olímpicamente el Derecho internacional, se convierta a ojos de algunos despistados en el símbolo de algún tipo de liberación.
En resumen, la lección que nos proporciona la Historia es clara: la religión y el poder político deben tener ámbitos diferenciados de actuación. Y en uno y otro ámbito, la libertad es la clave. La libertad de creencias religiosas -si las hubiera- en el ámbito privado, y la libertad de opción política en un régimen de democracia.
Siempre considerando que los derechos civiles son los mismos para creyentes (de cualquier creencia), agnósticos, ateos, y medio pensionistas.
















