Opinión

Los guardianes de la tumba

Una de las fotografías de Thomas Coex que se pueden ver en la exposición ubicada en el atrio de la Catedral.

El atrio de la Catedral, en la plaza de Anaya, acoge hasta finales de marzo una exposición diferente a las habituales, pues para comenzar es al aire libre. El tema, además, se sale también un poco de lo usual al centrarse en la acción social y religiosa de los frailes menores, vulgo franciscanos, en Jerusalén.

La muestra es, ante todo, una exposición de fotografía. Thomas Coex, el autor, es un reputado fotógrafo francés que trabaja para la Agence France Press. Durante seis años vivió en Jerusalén y descubrió la obra que allí realiza la Custodia de Tierra Santa. Al margen de cuidar los templos y atender a los peregrinos en los Sagrados Lugares, estos frailes desarrollan una importante labor social atendiendo a los desfavorecidos y enseñando en sus escuelas. Al principio, Coex no entendía por qué los franciscanos eran tan queridos por los nativos y por eso quiso conocer su realidad desde dentro. La propuesta de un reportaje serio le permitió acceder a donde nadie había podido y conseguir unas fotografías que nadie hasta entonces había podido realizar.

La muestra, integrada por treinta fotografías de gran formato, es extraordinaria. Algunas imágenes, a mayores del valor documental que un fotoperiodista deja siempre en sus trabajos, son de una calidad técnica impresionante. Y algunas de ellas se adentran también en el terreno de la excelencia artística al realizar auténticas virguerías con las composiciones, ángulos, iluminación e intencionalidad de cada mensaje.

La exposición es itinerante. Inicialmente estaba previsto que se mostrara en Jerusalén, en el convento de San Salvador, y París, en la Basílica del Sagrado Corazón. Pero gracias a la gestión de Luis Quintana, el director del Centro de Tierra Santa en España, la exposición ha llegado a nuestro país y desde 2024 se está exponiendo en varias ciudades. En todas ellas ha tenido un buen recibimiento y las máximas autoridades la han avalado con su presencia y reconocimiento. Secretarios de Estado, alcaldes, obispos y arzobispos se unieron a los actos inaugurales y contribuyeron a su difusión. Especialmente significativo es el caso de Ceuta, que precedió a Salamanca, donde la inauguró el obispo de Tánger, monseñor Emilio Rocha.

La exposición nos pone ante una de las realidades más ciertas de nuestra civilización, aunque durante los últimos decenios andemos un poco olvidadizos. Es la de nuestros orígenes, porque el cristianismo está en la base de nuestra civilización y en Jerusalén comenzó todo. Jerusalén es el centro neurálgico de las grandes religiones monoteístas, primero la judía, después la cristiana y con posterioridad la islámica. Las distintas formas de nombrar y adorar a Dios confluyen en esta ciudad, aunque actualmente la presión hebrea está relegando a las otras, especialmente al cristianismo, que allí es la parte más débil. El frágil equilibrio de otros tiempos, si es que alguna vez lo hubo, no debiera perderse.

De ahí que la labor de la Custodia Franciscana de Tierra Santa sea tan necesaria. Ellos, los frailes, mantienen en buena medida el Santo Sepulcro y otros muchos enclaves de peregrinación. Ellos aglutinan a las comunidades cristianas en torno a sus centros. Y, sobre todo, gracias a ellos el cristianismo sigue estando vivo en esta ciudad eterna. Thomas Coex, a través de su exposición, da buena cuenta de ello.

Post scriptum. Me llega, a punto de enviar esta columna a la redacción, la triste noticia del fallecimiento de José Manuel Hernández, que durante casi medio siglo fue párroco de la Purísima junto al carismático Fructuoso Mangas. Él fue un amante de Tierra Santa y con sus grupos de Biblia hacia allí peregrinó en incontables ocasiones. Sin duda hubiera disfrutado con esta exposición y habría organizado muchas visitas para explicarla. Ahora su Jerusalén es otra, la nueva del Apocalipsis, la que acoge a los hombres buenos que, como él, entregaron su vida por la causa más sublime y bella. 

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