Si no recuerdo mal, fue hace ocho años cuando se celebró por primera vez el año nuevo chino en Salamanca, que ahora viene bajo la invocación del caballo, séptimo símbolo del horóscopo chino, asociado a la libertad, el vigor y la valentía. (También el siete es propicio, si creemos en estas cosas). El caballo puede ser la fuerza al servicio de la virtud y del valor frente al mal, cuando aparece, por ejemplo, como montura de San Jorge, que mata al dragón, representante del demonio. La simbología tiene a veces puntos de contacto en distintas culturas.
No siempre traen buenos augurios los animales orientales. En 2020 el año chino coincidió aproximadamente con los primeros brotes epidémicos del virus corona (así se llamaba entonces) en la ciudad china de Wuhan y poco después se declaró en España el estado de excepción. Ese año fue el de la rata en el calendario chino, un animal que goza de buen concepto entre los pueblos asiáticos, ya que indica la cercanía de buenas cosechas y de riqueza agrícola, y se le considera un ser astuto y prudente. Pero la rata del 2020 pronto nos trajo el recuerdo de su antepasada medieval, que, procedente de Asia y por vías marítimas, trajo a Occidente la devastadora peste negra.
También ahora podrían prevalecer los aspectos negativos del caballo, que son la fuerza bruta irracional y el instinto desbocado, la premonición de la guerra. Pasamos así a considerar que, de hecho, las potencias occidentales -y especialmente EE.UU.-, ya están inmersas en una guerra comercial, financiera y tecnológica con China, que tiene buenos triunfos en la mano para jugar en distintos torneos. Es la primera en publicaciones científicas, en el desarrollo de la tecnología 5-G y en ventas online; produce más del 90 por ciento de los paneles solares y controla alrededor del 80% de los minerales raros en el mundo. Fue la primera en alunizar en la otra cara de nuestro planeta.
De esa dinámica vigorosa (que hace pensar en el caballo) deriva una rivalidad geopolítica, tecnológica y comercial con Estados Unidos, que en el fondo es una lucha por la hegemonía mundial. ¿Podría derivar esta en un conflicto militar directo entre ambas potencias? Es evidente que no se descarta en el lado norteamericano, si nos atenemos a lo que dicen los sectores más ultras del trumpismo. (China, según ellos, es «una amenaza existencial», frente a la que hay que armarse en todos los ámbitos). Pero es posible que EE.UU. tenga más que perder si adopta una postura beligerante frente al caballo asiático, como ya se ha visto con el rifirrafe arancelario, en el que ha dado marcha atrás.
En todo caso, las autoridades chinas muestran una actitud aparentemente más educada. En el Foro de Davos del año pasado el viceprimer ministro chino Xuexiang dijo que «no hay ganador en una guerra comercial» y que, «si el mundo se divide, será muy difícil para la humanidad abordar los problemas comunes». Defendió también que el desarrollo económico debe impulsar la transición energética y la reducción de emisiones de carbono. Y habló de seguridad compartida globalmente, una idea un tanto etérea que, en todo caso, queda muy lejos de la logomaquia agresiva del MAGA.
Seríamos ingenuos si diéramos total crédito a ese discurso chino, pues deja de lado aspectos clave de su política que son poco presentables, como el trato a las minorías nacionales o el respeto a los derechos humanos dentro de la propia China (como denunció Amnistía Internacional en estas mismas páginas no hace mucho). Pero el sonido de ese discurso es mucho más armonioso que el de las autoridades de EE.UU. Uno sería como el del trote de un caballo en campo abierto y otro, el estruendo de un elefante (símbolo de los republicanos de EE.UU.) entrando en una cacharrería.





















