Opinión

El ataque a los ayatolás

El líder supremo de Irán, Ali Jameneí. (Foto: The Office of the Supreme Leader)

Durante décadas, la historia reciente de Oriente Medio se ha contado como una lucha entre religión, petróleo y poder. Sin embargo, pocas veces se analiza desde la perspectiva más incómoda: la de los errores estratégicos de Occidente y sus consecuencias culturales a largo plazo.

Irán no era un país cualquiera. Era Persia (Aryan-Aria).

Mucho antes de las revoluciones modernas existía allí un Estado organizado, una administración escrita y una concepción política basada en la convivencia de pueblos. El mundo recuerda a Grecia y Roma, pero olvida que una de las primeras políticas de tolerancia religiosa y administrativa nació en suelo persa. Su civilización pertenecía al ámbito cultural indoeuropeo, no al árabe; su lengua, su estructura social y su pensamiento surgieron de otra raíz histórica.

Durante más de mil años fue zoroastriana antes de islamizarse. Y cuando adoptó (se sometió) el islam, no dejó de ser Persia: lo reinterpretó.

El siglo XX: petróleo, modernización y miedo

En 1953 Irán intentó controlar su petróleo.
La respuesta fue un golpe de Estado apoyado por potencias occidentales.

El mensaje fue claro: la soberanía tenía límites.

Después el país vivió una modernización acelerada bajo el Shah: universidades, industrialización, derechos civiles y participación femenina… pero también autoritarismo político que hoy también se observa en las diferentes sociedades. La sociedad iraní no tuvo tiempo para digerir su propio cambio. La modernización no fue acompañada por un consenso social profundo.

Entonces llegó 1979.

Occidente herido por la crisis de petróleo sufrido 1973-1976, creyó que el poder religioso sería una solución destronando al Shah e impulsando una “transición controlable” que también frenaba al riesgo comunista. El cálculo resultó ser uno de los mayores errores geopolíticos del siglo XX: la caída del Estado laico no trajo estabilidad, sino una teocracia revolucionaria permanente.

La religión debería haber quedado al margen de lo político, islamizar Irán, fue un error de diagnóstico histórico.

48 años de consecuencias

Durante casi medio siglo, la población iraní ha vivido atrapada entre:

  • Una identidad nacional milenaria.
  • Un poder político legitimado religiosamente, nadie protestaba al Dios.

El resultado ha sido una tensión continua: una sociedad culturalmente compleja gobernada por un sistema ideológico rígido.

La paradoja es profunda: para frenar un nacionalismo independiente se favoreció un poder religioso mucho más hostil.

Occidente buscaba estabilidad energética. Obtuvo un adversario permanente. Se consiguió tener de rehén al pueblo Iraní.

Persas, no árabes

Irán no es el mundo árabe. Ni lingüística, ni histórica, ni civilizatoriamente.

Es una nación con memoria imperial, más cercana culturalmente a las civilizaciones estatales de Eurasia que a la tradición tribal de la península arábiga. Su identidad sobrevivió a Alejandro, a los califatos, a los mongoles y a los imperios modernos.

Pero no sobrevivió indemne a la política del siglo XX.

¿El presente: rectificación o repetición?

Cada tensión actual con el régimen iraní revive la misma pregunta: ¿se intenta corregir el error de haber permitido la instauración de la teocracia…
o se corre el riesgo de repetir otro error histórico?

Porque la historia de Irán enseña algo constante: Las potencias pueden derribar gobiernos, pero no pueden diseñar identidades sociales desde fuera.

Cuando una sociedad con una tradición civilizatoria profunda no encuentra una evolución interna propia, tiende a oscilar entre extremos: modernización impuesta y reacción ideológica.

La verdadera cuestión

No es quién gana el pulso geopolítico. Es si se ha aprendido la lección de 1979: Un país con conciencia histórica milenaria no puede estabilizarse sustituyendo un poder impuesto por otro poder impuesto. Los persas saben que deben pagar un peaje y voluntariamente lo pagarán sin necesidad de ser obligados al pago.

Solo puede hacerlo reconciliando su propia cultura con su propio futuro. Y ese proceso nunca puede exportarse.

En fin

Más que un enfrentamiento entre bloques, la situación iraní es el resultado de un largo encadenamiento de decisiones mal calculadas, las opciones actuales son: los mismos, a lo venezolano, islámicos-marxistas o a lo búlgaro (Principe heredero).

No deberíamos cometer los mismos errores históricos.

La pregunta no es quién tiene razón hoy. La pregunta es si alguien entendió realmente a Persia para el retorno de senda de la paz y convivencia mundial.

Ajedrez. ¿Casualidad la escalada entre Pakistán y Afganistán días antes de la operación israelí-estadounidense de este fin de semana, y al mismo tiempo la reaparición del debate energético global ante la posible falta de suministro desde el Golfo Pérsico con proveedores alternativos como Venezuela?

La geopolítica rara vez responde a coincidencias puras: los movimientos regionales suelen anticipar reajustes mayores, como si el tablero se preparara antes de mover la pieza principal. Y en medio de ello emerge una lectura simbólica inevitable: en pleno mes de marzo, coincidiendo con el Nowruz -año nuevo persa-, algunos interpretan los acontecimientos como una ironía histórica, el mundo judío enfrentándose al poder religioso iraní mientras la memoria recuerda al antiguo imperio que permitió su regreso a Jerusalén; más que una deuda real, sería el eco de civilizaciones que vuelven a cruzarse bajo circunstancias completamente distintas.

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