El Estrecho de Ormuz se ha convertido en el escenario de un peligroso juego de poder. Tras el bloqueo impuesto por Irán como respuesta a la ofensiva de Estados Unidos e Israel, Donald Trump ha lanzado un órdago a la comunidad internacional: o ayudan a reabrir el paso por la fuerza, o «tomará nota» de quiénes le han dejado solo. Sin embargo, la respuesta de sus aliados tradicionales ha sido, hasta ahora, un portazo diplomático.
Fiel a su estilo, Trump ha utilizado una mezcla de pragmatismo y amenaza. Argumenta que, si Europa y Asia se benefician del petróleo que cruza el estrecho, deben pagar el peaje de su seguridad. El mandatario ha señalado directamente a la OTAN, advirtiéndole de un «futuro muy malo» si no interviene, y ha instado a países como China, Francia, Japón y Reino Unido a actuar «con alegría» como contraprestación por años de protección estadounidense.
Europa se divide
A pesar de la presión, las capitales europeas no parecen dispuestas a entrar en un conflicto de consecuencias impredecibles:
- Francia: Emmanuel Macron, aunque inicialmente abierto a una «misión defensiva», ha dado marcha atrás reconociendo que no se dan las condiciones para intervenir.
- Alemania: Ha sido la más tajante. Su ministro de Defensa, Boris Pistorius, ha sentenciado con un directo: «Esta no es nuestra guerra», cuestionando qué podrían hacer unas pocas fragatas europeas que no pueda hacer la Marina de EE. UU.
- España: El Gobierno se mantiene firme en su negativa. La ministra Margarita Robles ha calificado el conflicto de «guerra ilegal» y descarta cualquier despliegue en lo que considera misiones «sucedáneas».
- Reino Unido: Aunque admite que el estrecho es vital, el primer ministro Keir Starmer pide prudencia y un plan colectivo, evitando una intervención unilateral que agrave la crisis.
La amenaza de Irán y el papel de China
Desde Teherán, el nuevo líder supremo, Mojtaba Jameneí, ha dejado claro que cualquier país que ayude a EE. UU. se convertirá en objetivo militar. Esta amenaza, sumada a la incertidumbre económica, mantiene a los aliados en vilo.
Por su parte, China —pieza clave en el consumo de crudo— prefiere el perfil bajo. Pese a las alusiones directas de Trump, Pekín se limita a pedir «calma y estabilidad», evitando comprometerse militarmente mientras observa cómo Rusia saca rédito político de la escalada de tensión.
¿Hacia una «coalición de voluntarios»?
Ante la parálisis de la OTAN como bloque, la Unión Europea baraja retocar misiones ya existentes (como la operación Aspides) o crear una «coalición de voluntarios». No obstante, el sentimiento general en Bruselas es de cautela: intervenir en Ormuz no es solo una misión técnica, es entrar de lleno en una guerra que nadie, salvo Washington, parece querer librar.
















