«Ha sido establecido científicamente, que el abejorro no puede volar. Su cabeza es demasiado grande y sus alas demasiado pequeñas para sostener su cuerpo. Según las leyes aerodinámicas, sencillamente no puede volar. Pero nadie se lo ha dicho al abejorro. Así es que vuela.» Cita vista en redes
Desde hace tiempo circula por las redes sociales una cita, la del mito del abejorro. Según el relato popular, la ciencia determinó que la fisonomía de este insecto desafía las leyes de la física. Posee un cuerpo rollizo, una cabeza gorda y unas alas que parecen diseñadas por algún experto en recortes presupuestarios. En teoría, el pobre bicho debería vivir condenado a pasear por el suelo. Sin embargo, ahí va, zumbando alegremente entre las flores.
El mito, por supuesto, arrastra un malentendido histórico. La supuesta demostración científica nació en el siglo XX de un cálculo rápido de un físico que aplicó las leyes de la aerodinámica de los aviones rígidos a un insecto viviente. El error no era de la naturaleza, sino de la interpretación del asunto. Se asumió que el abejorro planeaba en lugar de batir sus alas con un movimiento helicoidal complejo. La metáfora ha sobrevivido porque retrata a la perfección una condición humana muy común: la tiranía de los «expertos de lo imposible».
Vivimos rodeados de teóricos del fracaso ajeno. Personas cuya principal vocación parece ser calcular, con meticulosa precisión matemática, por qué los proyectos de los demás están destinados a estrellarse antes de despegar. «Tu mercado está saturado», «esa idea no es escalable», «no tienes la estructura adecuada». Si los seres humanos operáramos únicamente bajo el permiso de los analistas de riesgo, la humanidad todavía estaría debatiendo si el fuego es una inversión segura a largo plazo.
El abejorro vuela por una razón muy sencilla y radical: está demasiado ocupado trabajando como para ponerse a escuchar opiniones sobre la viabilidad física de su vuelo. No vuela por rebeldía, ni por un deseo narcisista de demostrarle nada a nadie. Lo hace porque hay néctar que recolectar y una colmena que mantener. Su vuelo es el resultado de un esfuerzo mecánico brutal, un batido de alas frenético que compensa cualquier carencia teórica. Hay una honestidad casi poética en su labor; es el triunfo del oficio diario sobre la especulación de salón.
En el plano humano, el equivalente a este fenómeno es el trabajo bien hecho. Cuando alguien se concentra en pulir su labor, en cuidar los detalles y en aportar valor real, genera una inercia propia que rompe las supuestas leyes de la gravedad social. Ese buen trabajo tiene una consistencia tan sólida que termina por disolver los vaticinios más oscuros.
Lamentablemente en algunos ambientes se prefiere lo que toca a lo correcto. Abundan quienes intentan «volar» no mediante el esfuerzo propio, sino recortando las alas del vecino, recurriendo a la zancadilla sutil o al sabotaje corporativo. Existe la falsa creencia de que para destacar hay que ensombrecer el entorno. Sin embargo, esa es una estrategia aerodinámica pésima y de mediocres. El barro ajeno solo añade peso muerto a las propias alas. El abejorro jamás ha necesitado picar a una mariposa para demostrar que su vuelo es legítimo. Su éxito no se mide en comparación con el resto del jardín, sino en la efectividad de su propia polinización.
La próxima vez que un analista de sillón o un detractor profesional se acerque con un gráfico a explicarte por qué tus alas son demasiado cortas para tus aspiraciones, recuerda la lección del insecto.
No gastes energía en discutir, ni intentes derribar los argumentos de los demás con arrogancia o maldad. La mejor respuesta al escepticismo no es el debate, sino el trabajo y el aportar algo. Concéntrate en la disciplina de tu oficio, mejora cada día la técnica de tu batido de alas y avanza con la dignidad del que sabe lo que vale su sudor. Al final del día, mientras los teóricos siguen explicando detalladamente por qué es absolutamente imposible que te sostengas en el aire, tú ya estarás de regreso en la colmena, con el trabajo bien hecho y las patas llenas de polen.






















