Opinión

No son los inquiokupas, el problema son los especuladores

Imagen. Jesús Ángel Martín.

Me creí como un tonto la versión económica de que la subida del precio de la vivienda que estamos viendo en España estaba provocada por las políticas de protección a las personas vulnerables, la llamada ley antidesahucios, que dicen protege a los ‘inquiokupas’ -esa cruel palabra que mezcla inquilinos que no pueden hacer frente a la renta con okupas; es decir, churras con merinas-.

En principio, sigue la lógica del mercado: si alquilar una vivienda genera miedo e inseguridad al propietario, este retira el piso del mercado. Menos viviendas disponibles, menos oferta, alquileres más caros.

Pero viajar te abre la perspectiva, sobre todo si lo haces de mochilero, por libre y hablando con la población local, no con turistas. En Portugal, el fenómeno de jóvenes viviendo en furgonetas y caravanas a las afueras de las ciudades ya se daba antes que aquí. En Lisboa, el precio medio del alquiler es de 1.500 euros mensuales, mientras el salario mínimo de Portugal es de 870 euros mensuales; es decir, el alquiler medio supone un 172% del SMI portugués. En Oporto, la relación es del 125%, cifras aplastantes. En Madrid y Barcelona, aunque la relación entre el SMI español y el alquiler medio es muy grande y desequilibrada, de momento no ha llegado al 100%.

Das una vuelta con la mochila y te encuentras parejas de treintañeros viviendo en una habitación de un piso compartido, sin poder formar una familia, por todo el Mediterráneo. En Roma, el alquiler medio es el 125% del salario mínimo de Italia; en Nápoles, el 155%. En Atenas, la situación es la misma: el precio de la vivienda se está disparando en estos últimos años.

Y ahora viene lo interesante. En Grecia, Portugal e Italia gobierna la derecha. No hay ley antidesahucios. No hay protección legal a los okupas. Dato mata relato. Busquen en portales inmobiliarios por internet o, mejor aún, viajen y abran los ojos.

Aquí lo que hay es movimiento de dinero en grandes cantidades especulando con la vivienda, y han escogido los mismos países que en la anterior burbuja inmobiliaria: los del sur de Europa. Compran viviendas en masa, las retienen sin vender y eso hace inflar artificialmente el precio, dejando a la juventud incapaz de conseguir una casa.

Pero esa es solo la primera parte de la jugada, porque obviamente esta gente no quiere casas vacías. Cuando el mercado alcance el precio que tienen calculado, venderán para hacer caja. Entonces llegará el desplome y volveremos a ver la tragedia de siempre: familias desahuciadas, bancos subastando viviendas por una fracción de su valor y personas arrastrando una deuda para toda la vida.

Esta historia ya nos la conocemos. Esto ya lo vivimos. Es un flashback.

Ya saben: es el libre mercado, no hay que regular el mercado, el mercado se regula solo, sin ninguna normativa. Seguro que el tráfico también. ¿Para qué instalar semáforos?

Y con ese mercado libre y sin legislación volverán a dar el pelotazo y se llenarán aún más de palacios, yates, coches de alta gama, relojes de oro, señoritas de compañía de alto standing, champán francés y tarjetas American Express impregnadas de polvo blanco… Pero la vida es muy breve, y nada de eso se lo van a llevar al otro mundo y quizá allá se encuentren con el anciano que se suicidó desde el balcón cuando iban a desahuciarlo, y con la madre que vivía angustiada en una habitación con tres niños sin poder comprarles juguetes porque todo lo obtenido con el sudor de su frente se lo llevaba la renta para que subieran sus carteras de acciones.

Y hablarán unos con los otros de cómo vivieron, y habrá un tribunal escuchando todos los testimonios y aplicará las leyes que no querían aplicar en los mercados, porque si aquí no hay ni ley ni justicia, quizá la hay en otro lado.

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