Cada 31 de mayo el calendario nos recuerda algo que ya sabemos y, sin embargo, seguimos sin querer mirar de frente: el tabaco continúa siendo una de las grandes derrotas silenciosas de la salud pública. Mata despacio, enferma durante años y deja una factura humana y económica que ninguna sociedad moderna debería aceptar con resignación.
El tabaco tiene una extraña capacidad para sobrevivir a su propia mala fama. Cuando parecía arrinconado por la evidencia científica, por las leyes y por el sentido común, ha encontrado la manera de regresar disfrazado de modernidad. Ya no entra en nuestras vidas envuelto en papel y ceniza, sino en pequeños dispositivos brillantes, con olor y sabor a fruta tropical y apariencia inofensiva. El humo de antes se ha vuelto vapor. Pero la trampa continúa siendo la misma.
La Organización Mundial de la Salud ha querido centrar el Día Mundial Sin Tabaco 2026 en un fenómeno especialmente inquietante: el atractivo artificial con el que la industria del tabaco y de la nicotina intenta seducir a los jóvenes. Ya no hablamos solamente del cigarrillo clásico. El problema se ha transformado, se ha modernizado y, sobre todo, se ha disfrazado.
Hoy la nicotina llega con sabores dulces, colores brillantes y apariencia tecnológica. Se presenta como algo inocente, casi como un complemento de moda. El vapeador ya no huele al viejo tabaco de cafetería ni deja colillas en los ceniceros. Pero detrás de esa estética limpia continúa existiendo una sustancia adictiva cuyo objetivo sigue siendo el mismo: crear dependencia cuanto antes y mantener clientes durante años.
La OMS alerta de millones de adolescentes consumidores de cigarrillos electrónicos en todo el mundo. No es una exageración alarmista. En España, el 49,5% de los estudiantes de entre 14 y 18 años ha probado alguna vez los cigarrillos electrónicos, un porcentaje por encima del 44% de la media europea. Existe clara influencia de género en el consumo, con un porcentaje superior entre las mujeres (50,5%) frente a los varones (48,5%).
Basta observar la puerta de cualquier instituto o escuchar conversaciones cotidianas para comprobar hasta qué punto el vapeo se ha normalizado entre menores y jóvenes, con ausencia total de conciencia de peligro. Muchos de ellos jamás habrían encendido un cigarrillo tradicional y, sin embargo, utilizan dispositivos de nicotina con absoluta naturalidad.
La nicotina reaparece ahora escondida entre sabores dulces y campañas cuidadosamente diseñadas para no parecer publicidad. El gran triunfo de la industria ha sido precisamente ese: convertir el riesgo en apariencia de modernidad. Durante décadas costó desmontar la falsa imagen sofisticada del tabaco convencional. Ahora asistimos a una operación parecida, aunque mucho más refinada y apoyada en redes sociales, publicidad indirecta e influencers que convierten el consumo en un gesto aspiracional.
Conviene recordar algo elemental. La nicotina no deja de ser dañina porque venga envuelta en luces LED y huela a mango, sandía, caramelo o vainilla. La adicción sigue siendo adicción, aunque el dispositivo parezca un teléfono móvil y tenga un diseño elegante. La dependencia es incluso más alta con los cigarrillos electrónicos que con los convencionales.
El impacto pulmonar del vapeo está ampliamente documentado. Entre los efectos asociados figuran inflamación crónica, estrés oxidativo, daño alveolar, neumonitis aguda y un mayor riesgo de infecciones respiratorias. Los pulmones y el corazón continúan siendo vulnerables y el cuerpo humano conserva la mala costumbre de pasar factura con los años.
España ha avanzado mucho en la lucha contra el tabaquismo. Las leyes antitabaco de 2005 y 2011, tan discutidas en su momento, demostraron que la regulación salva vidas. Hoy casi nadie cuestiona los espacios sin humo en hospitales, centros públicos o restaurantes. Sin embargo, el problema exige una nueva actualización legislativa y educativa. Las campañas tradicionales quizá ya no bastan frente a productos diseñados específicamente para captar adolescentes. Este aspecto debería contemplarse en el nuevo anteproyecto de ley antitabaco, impulsado por el Ministerio de Sanidad, y que se encuentra actualmente en fase de tramitación parlamentaria (quizás durmiendo en algún cajón del Congreso).
Tal vez por eso este asunto merece algo más que campañas puntuales o mensajes rituales cada 31 de mayo. Merece una reflexión colectiva sobre la facilidad con la que normalizamos aquello que apenas empezamos a comprender. Hubo un tiempo en que fumar parecía sofisticado, incluso saludable. Hoy aquella imagen resulta absurda. Quizá dentro de unos años contemplemos el entusiasmo actual por el vapeo con la misma perplejidad.
También Salamanca tiene aquí una responsabilidad. Somos una ciudad universitaria, joven y dinámica. Precisamente por eso debemos evitar que la normalización del vapeo termine convirtiéndose en una nueva epidemia silenciosa. La prevención debe formar parte de la educación sanitaria cotidiana, en las familias, en las aulas y también en los medios de comunicación. Y, seguramente, la prevención reside en la capacidad de explicar sin estridencias que no todo lo nuevo es inocente y que algunas adicciones llegan envueltas en formas seductoras.
Porque detrás de cada estadística hay historias concretas. Hay dependencia precoz y hábitos que empiezan como un juego y terminan acompañándonos durante décadas en forma de enfermedades. El humo ha cambiado de forma, pero no de intención.
Y quizá el verdadero desafío de nuestro tiempo sea reconocerlo antes de que vuelva a parecernos normal.
Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario
Columna semanal de opinión: la velocidad del cambio: https://t.co/IMQz24zfPY
— Miguel Barrueco Ferrero (@BarruecoMiguel) May 23, 2026






















